Llegaron a Nueva York de noche, y Picaporte fue el primero en bajar del tren.
Corrió hasta el muelle. Preguntó. Y volvió andando muy despacio.
El vapor que iba a Liverpool había zarpado. Hacía cuarenta y cinco minutos.
Cuarenta y cinco minutos.
Fogg sacó su guía de horarios y la fue pasando con el dedo, línea por línea. Había otros barcos, sí. Pero ninguno salía a tiempo. Ninguno servía.
Picaporte se sentó en un noray y se agarró la cabeza.
—Es culpa mía —dijo—. Si no me hubiera bajado en Ogden. Si no me hubieran cogido los sioux. Le he costado el viaje, señor.
Fogg cerró la guía.
No le dijo que no fuera tonto. No le dijo que sí, que era culpa suya. No le dijo absolutamente nada de eso.
—Mañana por la mañana buscaremos otra cosa —dijo—. Ahora vamos a cenar.
Al día siguiente, muy temprano, Fogg recorrió el puerto barco por barco.
Se paró delante de uno de carga que echaba humo, listo para salir. Se llamaba Henrietta. Tenía el casco de hierro y toda la parte de arriba de madera.
Su capitán se llamaba Andrew Speedy. Cincuenta años, pelo rojo, cuello de toro y la cara curtida como el cobre viejo.
—¿Va usted a Liverpool? —preguntó Fogg.
—Voy a Burdeos.
—Le pago lo que me pida por llevarme a Liverpool.
—No.
—Entonces le fleto el barco. Se lo alquilo entero, para mí solo. Ponga usted el precio.
—No.
—Se lo compro.
—No.
Y aquí conviene pararse un momento, porque es la primera vez en todo el viaje que pasa una cosa así.
Fogg llevaba setenta días arreglándolo todo con dinero. Un elefante, un barco de vela, una fianza, un trineo. Sacaba la cartera y el problema se apartaba. Ahora tenía delante a un hombre al que el dinero no le movía.
Y no porque Speedy fuera un santo. Al contrario: era un hombre de negocios, y de los duros. Aquel barco era suyo, aquella ruta era la suya, y no pensaba cambiarla porque un inglés muy educado sacara la cartera en su cubierta.
Fogg lo entendió enseguida.
—Está bien —dijo—. Pasaje para cuatro. Hasta Burdeos.
—Eso sí —dijo Speedy.
Y le puso un precio de escándalo.
A las nueve menos cuarto, Fogg se presentó en el hotel a buscar a los demás. Llegaron al muelle justo cuando soltaban amarras y subieron por los pelos.
Cuando Picaporte se enteró de lo que había costado el pasaje, soltó un grito. Fix se puso a echar cuentas por lo bajo, con cara de dolor, viendo cómo se evaporaba el dinero que él quería recuperar para el banco.
Fue Aouda la que dijo en voz alta lo que ninguno se atrevía.
—Señor Fogg… este barco va a Burdeos. Burdeos está en Francia.
—Lo sé —dijo Fogg.
Y no explicó nada más.
Al segundo día en alta mar, el capitán Speedy se encontró encerrado en su propio camarote.
Fogg había hablado con la tripulación. Les había ofrecido bastante dinero como para que a los marineros les pareciera muy razonable obedecerle a él. El Henrietta viró hacia el norte, rumbo a Liverpool.
Del camarote del capitán salían unos rugidos que se oían en todo el barco.
Digamos las cosas por su nombre: aquello era un motín. Fogg se había apoderado de un barco que no era suyo y había encerrado a su capitán bajo llave. Nunca había llegado tan lejos, ni de cerca.
Fix lo miraba desde un rincón, blanco como el papel. Llevaba media vuelta al mundo persiguiendo a aquel hombre por ladrón de bancos. Y ahora empezaba a pensar que se había quedado corto.
Pero entonces pasó algo con lo que nadie contaba.
Vino mar gruesa, de la que hace crujir un barco entero. Y Fogg se puso al timón.
Lo llevó como si hubiera hecho aquello toda su vida. Daba las órdenes justas, en el momento justo, sin levantar la voz. Los marineros, que de esto sabían, dejaron de mirarlo raro.
Picaporte se agarró a la borda con la boca abierta. Aquel señor tan tieso, el de las cartas y el club de Londres, sabía gobernar un barco en un temporal.
El problema de verdad llegó unos días después.
El maquinista subió a cubierta limpiándose las manos, con muy mala cara.
—Señor, se nos acaba el carbón. No llegamos.
Fogg no parpadeó. Llevaba días esperando esa frase.
—Mantenga el fuego encendido hasta el último trozo —dijo—. Y suban al capitán Speedy.
Sacaron a Speedy de su camarote. Venía echando chispas, con dos días de rabia guardada y ganas de soltarla toda de golpe.
No le dio tiempo.
—Capitán —dijo Fogg—, ¿me vende su barco?
Speedy se quedó con la boca abierta.
—¿Que si le vendo el…?
—Sesenta mil dólares. Ahora mismo.
Y entonces ocurrió algo digno de verse. Toda aquella furia se apagó como se apaga una vela. Speedy parpadeó, hizo su cuenta y estiró la mano.
—El casco y la máquina son míos —dijo—. Lo demás, suyo.
—Lo demás es justo lo que quiero —dijo Fogg.
Y por fin se entendió para qué.
—Desmonten el barco —ordenó—. La cubierta, los mamparos, los camarotes, los mástiles, las vergas, los botes. Todo lo que sea madera. A la caldera.
Los marineros se miraron un segundo. Y luego cogieron las hachas.
Empezaron a arrancar el Henrietta a pedazos y a echarlo por la boca de la caldera. Crujía la madera, saltaban las astillas, y el barco iba adelgazando por horas. Se caía un mamparo y aparecía el mar por donde antes había una pared.
El Henrietta se estaba quemando a sí mismo para poder seguir andando.
Picaporte llevaba brazadas de tablones al fuego sin acabar de creérselo. Su amo había comprado un barco entero para hacerlo leña.
El capitán Speedy miraba desmontarse el que había sido su barco. Y aun así, no parecía enfadado.
—Oiga usted —le dijo a Fogg—. Para ser inglés, tiene usted algo de yanqui.
Al caer la tarde ya no quedaban mástiles.
Quedaban el casco de hierro, la máquina, muy poca madera y unas millas de mar por delante. Y al otro lado, Inglaterra.
