La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

El día ganado

Capítulo 15 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 80 de 80 · Liverpool → Londres

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Ilustración del capítulo

El Henrietta llegó a Inglaterra convertido en un esqueleto.

Le habían quemado los mástiles, la cubierta y hasta los botes. Quedaban el casco de hierro, la máquina y unos cuantos hombres agotados. Pero llegó.

Tocaron tierra en Irlanda. Desde allí siguieron hasta Liverpool.

Y aquella mañana, por fin, Phileas Fogg puso un pie en un muelle inglés.

Sacó su reloj. Le sobraba tiempo. Le sobraba de verdad: aún podía tomar un tren, cruzar media Inglaterra y presentarse en Londres con horas de margen.

Después de ochenta días, iba a ganar.

Entonces notó una mano en el hombro.

—Queda usted detenido en nombre de la reina —dijo Fix.

Picaporte se lanzó a por él. Lo sujetaron entre dos hombres.

Fogg no se movió. No gritó, no protestó, no preguntó nada. Se dejó llevar a la aduana, que es el edificio donde la policía del puerto controla lo que entra y lo que sale. Allí lo encerraron.

Eran las once y cuarenta de la mañana.

Hay que decir una cosa de Fix, porque si no, no se entiende.

Fix no era un canalla. Era un hombre que llevaba semanas metido en un barco, en mitad del Atlántico, sin telégrafo y sin noticias de nadie. Salió de América con una orden de detención en el bolsillo y llegó a Inglaterra con esa misma orden. Lo único que hizo fue cumplirla.

Lo que no sabía es que ya no valía nada.

Dentro de la celda no pasaba nada, y eso era lo peor.

Fogg se sentó. No dio vueltas, no golpeó la puerta, no pidió un abogado. Sacó su cuaderno de viaje y apuntó la hora, como había apuntado cada hora durante ochenta días.

Después se quedó mirando el reloj.

Fuera, sentado en el suelo del pasillo, Picaporte lloraba. Se decía a sí mismo que era culpa suya. Los zapatos de la pagoda. El fumadero. Ogden. Todas las veces que se había equivocado.

Aouda no decía nada. Miraba la puerta.

A las dos y treinta y tres de la tarde, la puerta se abrió de golpe.

Era Fix, sin aliento, blanco como el papel.

—Señor Fogg… perdón… al ladrón lo detuvieron hace tres días. En Londres. Era otro hombre. Usted es libre.

Durante ochenta días, aquel señor no había levantado la voz ni una vez. Ni con la tempestad, ni con los bisontes, ni con el barco perdido, ni cuando le dijeron que su criado estaba en manos de unos jinetes armados.

Fogg dio dos pasos y le pegó un puñetazo.

Fue uno solo. Fix se fue al suelo.

Y eso es lo importante de la escena: no el golpe, sino que fue la única vez en todo el libro que Phileas Fogg perdió la compostura.

Luego se ajustó los puños de la camisa.

—Al tren —dijo.

Pagó un tren especial para él solo y lo hizo correr todo lo que aquella máquina podía correr.

No fue suficiente.

Llegaron a la estación de Londres a las nueve menos diez de la noche.

Cinco minutos tarde.

Cinco minutos, después de ochenta días. Acuérdate de la manada de bisontes que cortó la vía tres horas. De los barcos perdidos por poco. De cada rato que se les fue por el camino. Todo aquello estaba ahora dentro de esos cinco minutos.

Fogg no dijo nada. Se bajó del tren y se fue andando a su casa.

Aquella noche, en el número 7 de Savile Row, Picaporte hizo dos cosas.

La primera fue subirse a una silla y apagar la lámpara de gas de su habitación. Aquella lámpara llevaba encendida desde la noche en que salieron. Ochenta días ardiendo sola en una casa vacía. Al apagarla, el viaje se terminó de verdad.

La segunda fue sentarse en el suelo, delante de la puerta de su amo, y quedarse allí toda la noche.

Porque Picaporte tenía miedo. Su amo lo había perdido todo, estaba solo ahí dentro y llevaba horas sin hacer un solo ruido.

Al día siguiente, por la tarde, Fogg salió por fin de su cuarto y fue a ver a Aouda.

—He venido a pedirle perdón —dijo—. La traje a Inglaterra y estoy arruinado. Ya no puedo ofrecerle nada.

Aouda lo miró un momento.

—¿Y usted? —dijo—. ¿Qué le queda a usted?

—Nada.

—Le queda alguien que quiere estar con usted —dijo ella—. Si me acepta.

Y le pidió que se casara con él.

Aquel hombre que medía la vida en minutos se quedó sin saber qué hacer con las manos. Cuando por fin habló, no le salió una frase ordenada.

—La quiero —dijo—. Hace tiempo que la quiero.

Llamó a Picaporte, que entró con los ojos hinchados de no dormir.

—Vaya a casa del reverendo Samuel Wilson —le dijo—. Que nos case mañana, lunes.

A Picaporte le cambió la cara. Salió disparado.

Y aquí hay que acordarse de una tontería que pasó al principio de todo.

En el barco, camino de Suez, Picaporte sacaba su reloj de plata y lo enseñaba orgulloso a los demás pasajeros. «Marca la hora de Londres, y así se queda», decía. «El sol se equivocará, pero mi reloj, nunca.»

Todos se reían de él. Durante ochenta días, el equivocado fue siempre Picaporte.

El reverendo lo recibió en la puerta.

—Mañana, lunes —dijo Picaporte—. Una boda.

—Mañana es domingo, hijo.

Picaporte abrió la boca para corregirle. Y entonces, de golpe, lo entendió todo.

Habían viajado hacia el este. Siempre hacia el este, sin parar. Y cuando uno va hacia el este, el sol le sale un poquito antes cada mañana. Tan poco que no se nota.

Pero ellos le habían dado la vuelta entera al mundo.

Y todos esos poquitos, sumados, hacían un día completo. Habían visto un amanecer más que Londres.

Su reloj llevaba razón desde el primer día. Solo que nadie estaba mirando el reloj: se habían equivocado de día.

No habían llegado tarde. Habían llegado con un día entero de sobra.

Picaporte miró la hora y se le paró el corazón.

Un día de sobra, sí. Pero de ese día quedaban diez minutos.

Salió corriendo como no había corrido en su vida.

Voló por las calles de Londres, tiró a dos personas al suelo, no se paró a pedir perdón. Entró en la casa de un empujón y llegó hasta su amo sin poder hablar.

—Hoy… —consiguió decir—. Hoy es sábado.

Fogg abrió su cuaderno de viaje. Lo miró un segundo.

Y sin decir una palabra, cogió a Aouda de la mano y salió a la calle.

En el salón del Reform Club, cinco caballeros miraban el reloj de la pared.

Faltaba un minuto. El señor Stuart ya estaba diciendo que aquello se había acabado.

A las nueve menos cuarto en punto, la puerta se abrió.

Phileas Fogg entró en el salón, tranquilo, con la chistera en la mano, como si volviera de dar un paseo.

—Aquí estoy, caballeros —dijo.

Había dado la vuelta al mundo en ochenta días.

Aquella noche echó las cuentas.

Ganó las veinte mil libras de la apuesta. Pero el viaje le había costado diecinueve mil. Le quedaban mil.

Se las repartió entre Picaporte y Fix.

A Fix, que se había pasado medio mundo persiguiéndolo y le había estropeado el viaje entero. Fix cogió su parte sin saber qué decir.

Dos días después se casaron Fogg y Aouda. Picaporte llevó a la novia del brazo, muy serio y muy tieso, y luego lloró en un rincón.

Y a la mañana siguiente entró en el despacho de su amo con la cabeza gacha.

—Señor… me he vuelto a dejar el gas encendido.

Phileas Fogg había dado la vuelta al mundo entero y no había ganado dinero.

Había ganado a Aouda.

Y por ella valía la pena dar la vuelta al mundo.

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