La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

Los sioux y el trineo de vela

Capítulo 13 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 66 de 80 · Fuerte Kearney → Omaha

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Ilustración del capítulo

El tren corría hacia el este por una llanura helada y blanca.

Y a bordo seguía pendiente aquel asunto feo: el duelo.

El tren no paraba nunca el tiempo suficiente. Así que Fogg y el coronel Proctor decidieron batirse allí mismo. En el último vagón, con el tren en marcha. Los demás pasajeros se apartaron sin decir palabra.

Los dos hombres se colocaron frente a frente. Sacaron las pistolas.

Y entonces, de fuera, llegó un ruido enorme.

Una banda de jinetes armados venía al galope, pegada al tren. Eran sioux. Querían parar el convoy y saquearlo.

Se agarraron a los estribos, treparon a los vagones y entraron por las ventanillas. En un instante había pelea dentro del tren.

Del duelo no volvió a hablarse. Proctor cayó herido en la refriega y ahí se acabó su historia: nadie le pidió cuentas a nadie, ni entonces ni nunca. La vida se le había cruzado por delante a su orgullo.

Los pasajeros se defendían como podían, pero iban perdiendo terreno.

Y había un problema peor. El tren no frenaba. Delante, a poca distancia, estaba Fuerte Kearney, un puesto del ejército con soldados dentro. Si los vagones lograban detenerse justo allí, se salvaban todos. Pero la locomotora seguía tirando y el tren iba a pasar de largo.

Solo quedaba una manera: soltar los vagones de la locomotora.

El enganche estaba fuera, entre la máquina y el primer vagón, a un palmo de las ruedas. Había que salir del tren en marcha, colgarse ahí abajo y abrirlo a mano.

Nadie podía hacer algo así.

Nadie, salvo un hombre que se había ganado la vida colgado de un trapecio.

Picaporte no lo pensó. Salió por la plataforma, se agarró a los hierros y se dejó caer hacia abajo. Bajo sus pies pasaban las traviesas a toda velocidad, borrosas. Se sujetó con las piernas, buscó la cadena con las dos manos y tiró.

El gancho saltó.

La locomotora se fue sola hacia delante. Y los vagones, sin nada que tirara de ellos, fueron frenando poco a poco. Se quedaron parados justo delante del fuerte.

Las puertas se abrieron y salieron los soldados. Los atacantes dieron media vuelta y se perdieron en la llanura.

Se habían salvado todos.

Todos menos uno. Cuando contaron a los pasajeros, faltaban tres. Y uno de los tres era Picaporte. Se lo habían llevado.

Fogg escuchó la noticia de pie, en el andén, con la nieve hasta los tobillos.

Aouda se llevó las manos a la boca. Fix miró al suelo.

Fogg llevaba sesenta y seis días midiendo cada hora como si fuera oro. Dijo una sola frase:

—Voy a buscarlo.

Aouda lo entendió al momento, y también entendió lo que costaba.

—Señor Fogg… si se va usted ahí fuera, pierde el tren. Pierde la apuesta. Lo pierde todo.

—Ya lo sé —dijo Fogg.

Y no añadió nada más. No explicó, no se justificó, no pidió que nadie lo entendiera.

Pidió voluntarios al capitán del fuerte. Salieron treinta soldados con él. Se metieron en la llanura blanca, detrás de un rastro de huellas.

Se hizo de noche.

Aouda y Fix se quedaron en la estación, esperando.

Fue la espera más larga del viaje. Aouda no se sentó ni una vez. Y Fix —el mismo Fix que había perseguido a Fogg por medio planeta— daba vueltas por el andén tan angustiado como ella. Ya no sabía muy bien de qué lado estaba.

Amaneció, y no volvía nadie.

A media mañana, la locomotora regresó a por sus vagones. Engancharon, silbaron y el tren se puso en marcha. Se fue hacia el este sin ellos, y el siguiente no pasaría hasta la noche del día siguiente.

Fix vio alejarse el último vagón y no dijo nada. La apuesta, a efectos prácticos, estaba perdida.

Y entonces Aouda señaló la llanura.

Lejos, sobre la nieve, venían unas figuras oscuras. Los soldados. Y con ellos, andando por su propio pie, Picaporte y los otros dos cautivos.

Estaban vivos. Los tres.

Picaporte llegó hasta su amo con la cara descompuesta.

—Señor, el tren… el tren se ha ido por mi culpa. Todo esto es culpa mía.

—No —dijo Fogg—. Usted paró el tren y nos salvó a todos. Yo solo fui a buscarle.

Ahí podría haberse acabado la historia.

Estaban en mitad de la nada, en diciembre, sin tren hasta la noche siguiente. Y les quedaba un océano por delante. En Nueva York había un barco a Inglaterra que no iba a esperarlos.

Y la salida la encontró la persona más rara de todas: Fix.

—He visto una cosa detrás de la estación —dijo—. Venga a verla.

Era un trineo de vela. Un trineo grande, montado sobre patines de hierro. Llevaba un mástil y una vela enorme, como los de un barco. Sobre la nieve dura, empujado por el viento, corría como una exhalación.

Su dueño se llamaba Mudge: un hombre curtido, con la cara quemada por el frío y muy pocas ganas de hablar.

Fogg cerró el trato en dos frases.

—¿Puede llevarnos a Omaha?

—Con este viento, sí. Si no se rompe nada.

El viento venía del oeste, justo a favor.

Se envolvieron en todas las mantas del fuerte. A Aouda la sepultaron en pieles hasta los ojos. Mudge soltó la vela, la lona se hinchó de golpe y el trineo salió disparado.

Aquello volaba.

La llanura era una sábana blanca sin un árbol, sin una casa, sin nada. Ni siquiera el río estorbaba. Estaba helado de orilla a orilla, y lo cruzaron por encima como si fuera suelo. Y como todo era llano, podían ir en línea recta, atajando por donde el tren daba rodeo.

El aire cortaba la cara. Nadie hablaba, porque no se oía nada más que el viento.

A media mañana aparecieron los lobos.

Salieron de ninguna parte, flacos y hambrientos, y se pusieron a correr junto al trineo. Picaporte agarró su revólver con los dedos rígidos de frío.

No hizo falta. El viento arreció y la vela tiró más fuerte. Los lobos se fueron quedando atrás, hasta ser puntos negros en la nieve.

Al caer la tarde apareció Omaha.

Bajaron ateridos, con las piernas dormidas y la ropa tiesa. Fogg pagó a Mudge lo prometido y algo más, y Mudge se limitó a asentir, como quien acaba una jornada normal.

En la estación de Omaha había un tren esperando para salir hacia el este.

Subieron.

Estaban otra vez en marcha, otra vez vivos, otra vez los cuatro juntos.

Pero por delante, en Nueva York, había un barco. Y ese barco no iba a esperar a nadie.

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