Capítulo 1 de 15
La apuesta
Día 1 de 80 · Londres

En el número 7 de Saville Row, en Londres, vivía un caballero llamado Phileas Fogg.
Nadie sabía mucho de él. No se le conocía familia ni amigos. Nunca se le veía con prisa ni de mal humor. Era rico, pero nadie sabía de dónde venía su dinero. Y era, sin ninguna duda, el hombre más puntual de toda Inglaterra.
Su vida entera funcionaba como un reloj. Se levantaba a la misma hora. Desayunaba a la misma hora. Cada día, a las once y media en punto, salía de casa y caminaba hasta su club. Siempre por la misma calle. Siempre los mismos pasos. Allí comía, leía los periódicos y jugaba a las cartas hasta la medianoche. Después volvía a casa, se acostaba, y al día siguiente todo empezaba otra vez, igual.
Aquella mañana, el 2 de octubre de 1872, Fogg había despedido a su criado. ¿El motivo? El agua para afeitarse. Tenía que estar a treinta grados justos, ni uno más ni uno menos. El criado se la había llevado un poco más fría. Y para el señor Fogg, aquello era imperdonable.
Así era Phileas Fogg.
A las once y media llamó a la puerta un joven francés. Se llamaba Jean Picaporte y venía a pedir el puesto de criado.
—He tenido muchos oficios —dijo—. He sido cantante, acróbata en un circo y profesor de gimnasia. También fui bombero en París. Pero estoy cansado de tanto ir de un lado para otro. Ahora solo busco una cosa: una vida tranquila.
Miró a aquel caballero tan serio, tan callado y tan ordenado, y pensó para sus adentros: "Este es mi hombre. Con él no habrá sorpresas".
—¿Conoce usted mis condiciones? —preguntó Fogg.
—Sí, señor.
—Bien. ¿Qué hora tiene?
—Las once y veintidós —respondió Picaporte, sacando un enorme reloj de plata.
—Su reloj atrasa cuatro minutos. Pero no importa. Desde este momento, las once y veintinueve de la mañana, usted trabaja para mí.
Y sin una palabra más, Phileas Fogg se puso el sombrero y salió hacia el club.
Picaporte se quedó solo en la casa. Y, muy contento, se puso a recorrerla de arriba abajo.
Era una casa preciosa, limpia y silenciosa. Todo estaba en su sitio. Pero lo que más le sorprendió fue lo moderna que era. Había timbres para llamar desde cada habitación. Había tubos por los que se podía hablar de un piso a otro sin gritar. Y había relojes por todas partes, todos marcando exactamente la misma hora.
En su cuarto encontró una hoja clavada en la pared. Era el programa del día de su nuevo amo, y lo decía todo minuto a minuto: el té, a las ocho y veintitrés. El agua para afeitarse, a las nueve y treinta y siete. La salida hacia el club, a las once y media.
—¡Esto es maravilloso! —dijo Picaporte, frotándose las manos—. Aquí todo está pensado. Aquí no puede pasar nada raro. ¡Esta es la vida que yo buscaba!
Su nuevo amo le parecía casi una figura de cera de las de los museos: siempre quieto, siempre perfecto, siempre igual.
Lo que Picaporte no sabía es que aquella iba a ser la última tarde tranquila de su vida.
Mientras tanto, en el Reform Club, Phileas Fogg jugaba a las cartas con cinco caballeros, como todas las tardes. Pero aquel día no hablaban de las cartas. Hablaban del robo del Banco de Inglaterra.
Alguien había entrado en el banco y se había llevado una fortuna: cincuenta y cinco mil libras. El ladrón no era un hombre cualquiera. Los que lo vieron decían que era un caballero elegante, bien vestido y de muy buenos modales. La policía lo buscaba por toda Europa, pero no había manera de encontrarlo.
—Es imposible que lo atrapen —dijo uno de los jugadores—. El mundo es demasiado grande. Podría estar en cualquier parte.
—El mundo era grande —dijo Phileas Fogg, sin apartar la vista de sus cartas—. Ya no lo es.
Los demás lo miraron sorprendidos.
—¿Cómo que ya no? ¿Es que la Tierra se ha hecho más pequeña?
—En cierto modo, sí —respondió Fogg con toda tranquilidad—. Hoy se puede dar la vuelta al mundo entero en solo ochenta días.
Todos se echaron a reír. ¿La vuelta al mundo en ochenta días? ¡Qué disparate! ¿Y las tormentas en el mar? ¿Y los trenes que se averían? ¿Y los barcos que se retrasan?
—Con todo eso, no puede hacerse —dijo el señor Stuart.
—Todo eso está previsto —contestó Fogg—. Los imprevistos no existen para quien sabe calcular.
—¡Pues yo digo que es imposible! —insistió Stuart, cada vez más enfadado—. ¿Y usted sería capaz de hacerlo?
—Naturalmente.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
Se hizo el silencio en la sala. Todos dejaron las cartas sobre la mesa.
—Le apuesto que no lo consigue —dijo Stuart.
—Acepto —respondió Fogg sin pestañear—. Apuesto veinte mil libras: la mitad de todo lo que tengo. Saldré esta misma noche. Y volveré a sentarme en esta sala el sábado 21 de diciembre, a las nueve menos cuarto de la noche. Si llego un solo minuto tarde, el dinero será para ustedes.
Los cinco caballeros aceptaron, muy serios. Nadie sabía si aquel hombre tan raro estaba loco o hablaba completamente en serio.
Phileas Fogg, mientras tanto, terminó su partida de cartas con toda calma. Como todas las tardes.
A las ocho menos diez de aquella noche, Picaporte oyó abrirse la puerta de la casa. Se quedó helado. ¡El señor Fogg nunca volvía antes de la medianoche!
—Picaporte —dijo Fogg con su voz de siempre—, nos vamos dentro de diez minutos. A dar la vuelta al mundo.
Picaporte pensó que había oído mal.
—¿La vuelta... al mundo? —tartamudeó.
—Prepare un bolso de viaje. Nada de maletas. Dos camisas y tres pares de medias, para usted y para mí. Lo demás lo compraremos por el camino. Rápido.
Picaporte quería preguntar mil cosas, pero no le salió ni una palabra. Subió a su cuarto, se dejó caer en una silla y suspiró.
—¡Vaya con la vida tranquila! —murmuró.
A las ocho en punto el bolso estaba listo. Fogg guardó dentro un grueso fajo de billetes.
—Cuide bien de esto —dijo—. Aquí hay veinte mil libras.
Salieron a la calle sin más equipaje que aquel bolso. En la estación, Fogg compró dos billetes para Dover y, como cada día, un periódico. A las ocho y cuarenta y cinco en punto sonó el silbato, y el tren se puso en marcha.
Llovía sobre Londres. Phileas Fogg leía su periódico tan tranquilo como si aquel viaje fuera un simple paseo. A su lado, Picaporte todavía no se creía nada de lo que estaba pasando.
Y de pronto, dio un grito.
—¿Qué le ocurre ahora? —preguntó Fogg.
—Señor... con las prisas... ¡me he dejado encendida la lámpara de gas de mi habitación!
—Pues seguirá encendida a su costa, muchacho —respondió el señor Fogg, sin levantar la vista del periódico.
El tren corría hacia la costa en mitad de la noche oscura. Acababa de empezar el día uno de los ochenta.
Y aún había algo que Phileas Fogg no sabía. Su apuesta ya no era un secreto. Al día siguiente saldría en todos los periódicos, y muy lejos de allí un hombre iba a leerla con enorme interés. Un hombre que pronto lo seguiría por medio mundo, convencido de una sola idea: que el elegante señor Fogg era, en realidad, el ladrón del Banco de Inglaterra.













