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Portada de La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne

Edición Esencial

Sobre esta edición

La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne (1828-1905). El texto original es de dominio público.

Edición Esencial de Neuralibros: una adaptación que condensa la novela en 15 capítulos conservando la trama, los personajes y la atmósfera del original.

Está compuesta en formato de alta legibilidad: tipografía Atkinson Hyperlegible Next, líneas cortas, interlineado amplio y fondo de bajo contraste. Es una edición de lectura amigable, pensada para que el texto resulte más fácil de seguir.

Adaptación e ilustraciones originales: Neuralibros. Las 15 ilustraciones se han creado para esta edición.

Puedes leer este libro gratis, capítulo a capítulo, en neuralibros.com/la-vuelta-al-mundo-en-80-dias-adaptada/. Allí está siempre la versión más reciente.

Capítulo 1 de 15

La apuesta

Día 1 de 80 · Londres

Ilustración del capítulo

En el número 7 de Saville Row, en Londres, vivía un caballero llamado Phileas Fogg.

Nadie sabía mucho de él. No se le conocía familia ni amigos. Nunca se le veía con prisa ni de mal humor. Era rico, pero nadie sabía de dónde venía su dinero. Y era, sin ninguna duda, el hombre más puntual de toda Inglaterra.

Su vida entera funcionaba como un reloj. Se levantaba a la misma hora. Desayunaba a la misma hora. Cada día, a las once y media en punto, salía de casa y caminaba hasta su club. Siempre por la misma calle. Siempre los mismos pasos. Allí comía, leía los periódicos y jugaba a las cartas hasta la medianoche. Después volvía a casa, se acostaba, y al día siguiente todo empezaba otra vez, igual.

Aquella mañana, el 2 de octubre de 1872, Fogg había despedido a su criado. ¿El motivo? El agua para afeitarse. Tenía que estar a treinta grados justos, ni uno más ni uno menos. El criado se la había llevado un poco más fría. Y para el señor Fogg, aquello era imperdonable.

Así era Phileas Fogg.

A las once y media llamó a la puerta un joven francés. Se llamaba Jean Picaporte y venía a pedir el puesto de criado.

—He tenido muchos oficios —dijo—. He sido cantante, acróbata en un circo y profesor de gimnasia. También fui bombero en París. Pero estoy cansado de tanto ir de un lado para otro. Ahora solo busco una cosa: una vida tranquila.

Miró a aquel caballero tan serio, tan callado y tan ordenado, y pensó para sus adentros: "Este es mi hombre. Con él no habrá sorpresas".

—¿Conoce usted mis condiciones? —preguntó Fogg.

—Sí, señor.

—Bien. ¿Qué hora tiene?

—Las once y veintidós —respondió Picaporte, sacando un enorme reloj de plata.

—Su reloj atrasa cuatro minutos. Pero no importa. Desde este momento, las once y veintinueve de la mañana, usted trabaja para mí.

Y sin una palabra más, Phileas Fogg se puso el sombrero y salió hacia el club.

Picaporte se quedó solo en la casa. Y, muy contento, se puso a recorrerla de arriba abajo.

Era una casa preciosa, limpia y silenciosa. Todo estaba en su sitio. Pero lo que más le sorprendió fue lo moderna que era. Había timbres para llamar desde cada habitación. Había tubos por los que se podía hablar de un piso a otro sin gritar. Y había relojes por todas partes, todos marcando exactamente la misma hora.

En su cuarto encontró una hoja clavada en la pared. Era el programa del día de su nuevo amo, y lo decía todo minuto a minuto: el té, a las ocho y veintitrés. El agua para afeitarse, a las nueve y treinta y siete. La salida hacia el club, a las once y media.

—¡Esto es maravilloso! —dijo Picaporte, frotándose las manos—. Aquí todo está pensado. Aquí no puede pasar nada raro. ¡Esta es la vida que yo buscaba!

Su nuevo amo le parecía casi una figura de cera de las de los museos: siempre quieto, siempre perfecto, siempre igual.

Lo que Picaporte no sabía es que aquella iba a ser la última tarde tranquila de su vida.

Mientras tanto, en el Reform Club, Phileas Fogg jugaba a las cartas con cinco caballeros, como todas las tardes. Pero aquel día no hablaban de las cartas. Hablaban del robo del Banco de Inglaterra.

Alguien había entrado en el banco y se había llevado una fortuna: cincuenta y cinco mil libras. El ladrón no era un hombre cualquiera. Los que lo vieron decían que era un caballero elegante, bien vestido y de muy buenos modales. La policía lo buscaba por toda Europa, pero no había manera de encontrarlo.

—Es imposible que lo atrapen —dijo uno de los jugadores—. El mundo es demasiado grande. Podría estar en cualquier parte.

—El mundo era grande —dijo Phileas Fogg, sin apartar la vista de sus cartas—. Ya no lo es.

Los demás lo miraron sorprendidos.

—¿Cómo que ya no? ¿Es que la Tierra se ha hecho más pequeña?

—En cierto modo, sí —respondió Fogg con toda tranquilidad—. Hoy se puede dar la vuelta al mundo entero en solo ochenta días.

Todos se echaron a reír. ¿La vuelta al mundo en ochenta días? ¡Qué disparate! ¿Y las tormentas en el mar? ¿Y los trenes que se averían? ¿Y los barcos que se retrasan?

—Con todo eso, no puede hacerse —dijo el señor Stuart.

—Todo eso está previsto —contestó Fogg—. Los imprevistos no existen para quien sabe calcular.

—¡Pues yo digo que es imposible! —insistió Stuart, cada vez más enfadado—. ¿Y usted sería capaz de hacerlo?

—Naturalmente.

—¿Cuándo?

—Ahora mismo.

Se hizo el silencio en la sala. Todos dejaron las cartas sobre la mesa.

—Le apuesto que no lo consigue —dijo Stuart.

—Acepto —respondió Fogg sin pestañear—. Apuesto veinte mil libras: la mitad de todo lo que tengo. Saldré esta misma noche. Y volveré a sentarme en esta sala el sábado 21 de diciembre, a las nueve menos cuarto de la noche. Si llego un solo minuto tarde, el dinero será para ustedes.

Los cinco caballeros aceptaron, muy serios. Nadie sabía si aquel hombre tan raro estaba loco o hablaba completamente en serio.

Phileas Fogg, mientras tanto, terminó su partida de cartas con toda calma. Como todas las tardes.

A las ocho menos diez de aquella noche, Picaporte oyó abrirse la puerta de la casa. Se quedó helado. ¡El señor Fogg nunca volvía antes de la medianoche!

—Picaporte —dijo Fogg con su voz de siempre—, nos vamos dentro de diez minutos. A dar la vuelta al mundo.

Picaporte pensó que había oído mal.

—¿La vuelta... al mundo? —tartamudeó.

—Prepare un bolso de viaje. Nada de maletas. Dos camisas y tres pares de medias, para usted y para mí. Lo demás lo compraremos por el camino. Rápido.

Picaporte quería preguntar mil cosas, pero no le salió ni una palabra. Subió a su cuarto, se dejó caer en una silla y suspiró.

—¡Vaya con la vida tranquila! —murmuró.

A las ocho en punto el bolso estaba listo. Fogg guardó dentro un grueso fajo de billetes.

—Cuide bien de esto —dijo—. Aquí hay veinte mil libras.

Salieron a la calle sin más equipaje que aquel bolso. En la estación, Fogg compró dos billetes para Dover y, como cada día, un periódico. A las ocho y cuarenta y cinco en punto sonó el silbato, y el tren se puso en marcha.

Llovía sobre Londres. Phileas Fogg leía su periódico tan tranquilo como si aquel viaje fuera un simple paseo. A su lado, Picaporte todavía no se creía nada de lo que estaba pasando.

Y de pronto, dio un grito.

—¿Qué le ocurre ahora? —preguntó Fogg.

—Señor... con las prisas... ¡me he dejado encendida la lámpara de gas de mi habitación!

—Pues seguirá encendida a su costa, muchacho —respondió el señor Fogg, sin levantar la vista del periódico.

El tren corría hacia la costa en mitad de la noche oscura. Acababa de empezar el día uno de los ochenta.

Y aún había algo que Phileas Fogg no sabía. Su apuesta ya no era un secreto. Al día siguiente saldría en todos los periódicos, y muy lejos de allí un hombre iba a leerla con enorme interés. Un hombre que pronto lo seguiría por medio mundo, convencido de una sola idea: que el elegante señor Fogg era, en realidad, el ladrón del Banco de Inglaterra.

Capítulo 2 de 15

Un detective en Suez

Día 8 de 80 · Suez

Ilustración del capítulo

Al día siguiente de la partida, la apuesta de Phileas Fogg salió en los periódicos. Y en pocas horas dejó de ser un secreto del Reform Club para ser la noticia de la que hablaba media Europa.

—¿La vuelta al mundo en ochenta días? —decía la gente—. ¡Ese hombre está loco!

Unos apostaban a favor de Fogg. Otros, los más, apostaban en contra. En los cafés, en los trenes y en las calles, todos daban su opinión. Los periódicos publicaron incluso el camino que iba a seguir, día por día: Suez, Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yokohama, América. Eran nombres lejanos. La mayoría no sabía ni colocarlos en el mapa.

Pero había un lugar donde aquella noticia no hizo reír a nadie.

Unas semanas antes, habían robado una fortuna en el Banco de Inglaterra. Y no era un ladrón normal. Los testigos hablaban de un caballero. Elegante, de buenos modales, con aire de hombre rico.

La policía mandó su retrato a todos los puertos. En cada uno había un agente. Todos con la misma idea. Tarde o temprano, el ladrón huiría por mar.

Nadie en Londres pensaba aún en Phileas Fogg. Pero, sin saberlo, aquel caballero tan puntual había dejado la ciudad. Con mucha prisa. Con un bolso lleno de dinero. Rumbo al otro lado del mundo.

A muchos kilómetros de Londres, en el puerto de Suez, un hombre paseaba impaciente por el muelle.

Se llamaba Fix. Era detective, es decir, un policía que trabaja siguiendo pistas en secreto. Lo habían enviado hasta allí con una sola misión: vigilar a los viajeros ingleses que pasaran por el puerto. Suez era paso obligado para casi todos los barcos que iban a Oriente. Si el ladrón huía hacia aquella parte del mundo, tenía que pasar por delante de sus ojos.

Fix llevaba en el bolsillo un papel muy valioso: el retrato del ladrón que buscaba la policía. Lo miraba una y otra vez, deseando encontrar por fin la cara que encajara con él.

Junto a él, a la sombra, esperaba el cónsul, el representante de Inglaterra en aquel puerto.

—Tenga paciencia —le dijo el cónsul—. Si su ladrón es un hombre listo, lo último que hará es venir a que le sellen los papeles.

—Los buenos ladrones —respondió Fix— hacen justo lo que uno menos espera. Yo lo reconoceré en cuanto lo vea.

En ese momento, un enorme vapor entró despacio en el puerto, echando humo por su chimenea. Era el Mongolia, que traía viajeros desde Italia. Fix se acercó a la pasarela con el corazón acelerado.

De entre la multitud que bajaba a tierra salió un joven de aspecto simpático. Lo miraba todo con la boca abierta. Era Picaporte. Había bajado a estirar las piernas mientras su amo se ocupaba de los papeles.

Fix, que no perdía detalle, se le acercó como quien no quiere la cosa.

—Buenos días, amigo. ¿Ese vapor viene de Europa?

—Sí, señor —contestó Picaporte, encantado de charlar con alguien—. ¡Y menudo viaje llevamos! Vamos con tanta prisa que no me da tiempo ni a mirar las ciudades.

—¿Prisa? ¿Y adónde van con tanta prisa?

—A dar la vuelta al mundo entero, ¡en ochenta días! Mi amo hizo una apuesta. Llevamos un bolso lleno de billetes para pagarlo todo por el camino.

A Fix le brillaron los ojos. Un caballero elegante. Con muchísima prisa. Con un bolso lleno de dinero. Y huyendo hacia el otro lado del mundo. Para él, ya no había ninguna duda: aquel Fogg era el ladrón.

—Y dígame —siguió, con voz de amigo—, ¿su amo va a bajar a tierra?

—No hace falta. Me ha dado el pasaporte para que me lo sellen. Él se queda descansando a bordo.

Fix necesitaba ver la cara de aquel viajero para compararla con su retrato. Si Fogg no bajaba del barco, no podría hacerlo. Así que le tendió una pequeña trampa.

—Ah, eso no puede ser —dijo, muy serio—. El sello solo vale si lo pide el dueño en persona. Su amo tendrá que venir él mismo.

Era mentira. Pero Picaporte no sabía nada de esas cosas. Le dio las gracias y corrió a avisar a su amo. Fix, muy orgulloso de su astucia, se fue derecho al consulado. Quería estar allí cuando llegara Fogg.

Phileas Fogg entró en la oficina tan tranquilo como si estuviera en su club. Puso su pasaporte sobre la mesa y pidió el sello del puerto. Quería una prueba de cada lugar por el que pasaba. Así podría demostrar su viaje al volver a Londres.

El cónsul miró el documento. Estaba todo en regla.

—No hace falta que se lo selle —le dijo—. Con su pasaporte basta.

—Prefiero que lo haga —respondió Fogg—. Así quedará constancia de que he estado aquí.

Detrás de la puerta, Fix escuchaba con rabia. Le pidió al cónsul en voz baja que retuviera a aquel hombre, que no lo dejara marchar.

—¿Y con qué motivo? —contestó el cónsul—. Sus papeles están perfectos. No ha hecho nada malo. No puedo detener a un viajero solo porque a usted no le guste su cara.

Fogg guardó su pasaporte, dio las gracias con una leve inclinación y volvió al barco. Ni siquiera se había fijado en el hombrecillo nervioso que lo espiaba desde un rincón.

Fix se quedó solo, apretando los puños. Si no podían detenerlo allí, tendría que seguirlo. Corrió a la oficina de telégrafos y mandó un mensaje urgente a Londres. Pedía una orden para detener a Fogg. Esa orden debía esperarlo en el próximo gran puerto: Bombay.

Después compró un billete para el Mongolia.

A la hora exacta, el vapor soltó amarras y salió de Suez rumbo a Bombay, cruzando el mar Rojo bajo un sol de fuego.

En la cubierta, Phileas Fogg anotaba sus horas y sus gastos, tan sereno como siempre. Picaporte, feliz, contaba las maravillas del viaje a todo el que quisiera oírlo.

Y, muy orgulloso, enseñaba su reloj a los demás pasajeros.

—Marca la hora de Londres —decía—, y así se queda. El sol se equivocará, pero mi reloj, nunca.

A la gente le hacía gracia. Pero él hablaba muy en serio: aquel reloj no iba a moverse ni un minuto en toda la vuelta al mundo.

Y a pocos pasos de ellos, apoyado en la barandilla, un hombre menudo con bombín no les quitaba el ojo de encima.

Phileas Fogg creía que sus únicos enemigos eran el mal tiempo, los trenes lentos y los barcos que se retrasan. No sabía que, desde aquel día, viajaba con uno mucho peor a bordo. Era un policía convencido de estar dándole caza a un ladrón.

Capítulo 3 de 15

Bombay

Día 19 de 80 · Bombay

Ilustración del capítulo

El Mongolia dejó atrás el mar Rojo y entró en el océano Índico. El viaje era tranquilo. El mar estaba en calma. El cielo, despejado. Nada hacía pensar en peligros.

A bordo, cada uno vivía aquel viaje a su manera.

Phileas Fogg no miraba el mar ni una sola vez. No subía a ver la costa. No preguntaba por los puertos. Se pasaba las horas en el salón, jugando a las cartas con otros pasajeros. Para él, el viaje no era un paseo. Era una cuenta de días y de horas. Nada más.

Picaporte, en cambio, lo miraba todo. No paraba quieto. Iba de un lado a otro de la cubierta. Miraba saltar los peces. Saludaba a los marineros. Notaba el aire caliente del mar. Estaba feliz.

Y llevaba una idea fija en la cabeza. Una idea que le daba mucha calma.

—Cuando lleguemos a Bombay —pensaba—, todo esto se habrá acabado. Mi amo se cansará de tanto ir y venir. Nos quedaremos allí una temporada y luego, a casa.

Picaporte no se creía de verdad lo de la vuelta al mundo. Le parecía una idea loca. Algo que se le pasaría a su amo en cuanto pisaran tierra.

Un día, paseando por la cubierta, se encontró con una cara conocida.

Era Fix.

El detective había subido al mismo barco en Suez. Pero no dijo nada de su verdadero oficio. Dijo que era un comerciante. Un hombre que iba a la India por negocios.

—¡Qué casualidad encontrarlo otra vez! —dijo Fix, muy amable—. Parece que llevamos el mismo camino.

Desde aquel día, Fix se pegó a Picaporte como una sombra. Lo invitaba a beber. Lo escuchaba con ganas. Se reía de sus bromas. Picaporte, que era muy hablador y no sospechaba nada, estaba encantado. ¡Por fin tenía un amigo a bordo!

Pero aquella amistad era una trampa. Con cada charla, Fix le tiraba de la lengua. Quería saberlo todo sobre su amo. Y el pobre criado, sin darse cuenta, se lo iba contando todo.

Por fin, una mañana, apareció a lo lejos la costa de la India. El Mongolia entró despacio en el puerto de Bombay.

Y traía una buena noticia. El barco había llegado dos días antes de lo previsto. Phileas Fogg lo anotó en su cuaderno, tranquilo, como quien apunta la lista de la compra. Dos días ganados. Ni una sonrisa.

Fix, en cambio, bajó a tierra con prisa. Esperaba encontrar allí un papel muy valioso: una orden para detener a Fogg. La había pedido por telégrafo desde Suez. Pero la orden no había llegado. Fix se quedó con las manos vacías y con la rabia por dentro.

Fogg no perdió el tiempo. El tren para Calcuta salía aquella misma noche, a las ocho. Selló su pasaporte, como en cada escala, y se fue a esperar a la estación. Allí pidió la cena y se sentó a comer con toda calma.

A Picaporte le dio permiso para pasear un rato. Y Picaporte no se lo pensó dos veces.

Bombay le pareció una ciudad de cuento. Las calles estaban llenas de color, de gente y de ruido. Había mercados enormes. Había animales por todas partes. Picaporte iba con la boca abierta, mirándolo todo.

De pronto, vio un templo precioso. Era una pagoda, un templo de aquella tierra. Tenía las puertas abiertas. Y Picaporte, curioso como era, entró a mirar.

No sabía que estaba cometiendo un error muy grave.

Aquel templo tenía una regla sagrada: nadie podía entrar con los zapatos puestos. Antes de pisar el suelo, había que quitárselos. Para las personas que rezaban allí, entrar calzado era una gran falta de respeto.

Pero Picaporte no sabía nada de todo aquello. Entró con sus zapatos puestos, tan tranquilo.

No llegó muy lejos.

Tres sacerdotes se lanzaron sobre él. Estaban furiosos. Lo tiraron al suelo. Le arrancaron los zapatos. Le gritaban cosas que él no entendía.

El pobre criado se llevó un susto tremendo. Pero Picaporte había sido acróbata en un circo y sabía defenderse. Se levantó de un salto. Repartió golpes a un lado y a otro. Derribó a dos de los sacerdotes. Y, en medio del lío, salió corriendo.

Corrió y corrió, descalzo, hasta perderse entre la multitud.

Llegó a la estación sin aliento, justo a tiempo. El tren estaba a punto de salir.

Se dejó caer en el asiento, al lado de su amo. Le faltaban los zapatos. También había perdido un paquete con sus camisas, durante la huida. Iba despeinado y muerto de miedo.

—Señor —dijo entre jadeos—, no se imagina lo que me ha pasado.

Y se lo contó todo: el templo, los sacerdotes, la pelea, la carrera descalzo.

Phileas Fogg lo escuchó sin mover un músculo.

—Espero que no vuelva a ocurrir —dijo solamente. Y siguió mirando por la ventanilla.

El tren se puso en marcha. Dejó atrás Bombay y se metió en la noche, rumbo al corazón de la India.

Picaporte pensó que su error se quedaba allí, en aquel templo. Creía que ya nadie volvería a hablar de unos zapatos perdidos.

Se equivocaba.

En algún lugar de la ciudad, los tres sacerdotes no pensaban olvidar la ofensa. Y había otra persona muy interesada en aquel pequeño escándalo. Un hombre menudo, con bombín, que acababa de quedarse sin su orden de arresto. Fix no había podido detener a Fogg. Pero, de repente, aquel lío en el templo le pareció una idea nueva. Una idea que quizá le sirviera más adelante.

El viaje seguía. Y el peligro, una vez más, viajaba dentro del propio grupo.

Capítulo 4 de 15

A lomos de elefante

Día 20 de 80 · Interior de la India

Ilustración del capítulo

El tren cruzaba la India de noche. Picaporte iba despierto, con los pies descalzos y el ánimo por los suelos. Ya no pensaba en quedarse en Bombay. Aquella idea se le había caído de la cabeza de golpe.

Su amo iba en serio. Iban a dar la vuelta al mundo de verdad.

Y él, que antes se reía de la apuesta, ahora miraba el reloj de la estación con miedo. Cada minuto perdido era dinero. Cada retraso, una amenaza.

En el mismo vagón viajaba un militar inglés. Se llamaba Sir Francis Cromarty. Era alto, seco y muy educado. Había vivido muchos años en la India y la conocía bien. Fogg y él habían jugado a las cartas en el barco, y seguían jugando ahora, en silencio, mientras el tren se metía en la selva.

Sir Francis miraba a Fogg y no entendía nada. Aquel hombre cruzaba países enteros sin mirar por la ventana. ¿Le importaba algo el mundo? ¿O solo el reloj?

A las ocho de la mañana, el tren se paró.

Se paró en medio de un bosque, junto a una aldea pequeña. Se llamaba Kholby. Los viajeros bajaron a mirar. No había estación. No había nada.

Delante de la locomotora, la vía se acababa.

—Señores, aquí termina el ferrocarril —dijo el revisor—. La vía no está terminada. Faltan ochenta kilómetros hasta Allahabad. Allí empieza otra vez.

Picaporte se quedó helado. ¡Pero si los periódicos decían que la línea estaba acabada!

—Los periódicos se equivocaron —dijo Sir Francis, tranquilo—. Pasa a menudo.

Y entonces ocurrió algo curioso. Los viajeros de la India no se sorprendieron nada. Ellos ya lo sabían. Por eso bajaron corriendo y, en un momento, alquilaron todos los carros y todos los animales de la aldea.

Cuando Fogg y sus amigos llegaron al pueblo, no quedaba nada. Ni un carro. Ni un caballo. Ni una mula.

—Estamos perdidos —dijo Picaporte—. ¡Se acabó el viaje!

Phileas Fogg ni se inmutó.

—Iremos a pie —dijo.

Sir Francis se lo quedó mirando con la boca abierta.

Pero antes de andar, Picaporte fue a mirar por las casas. Y volvió corriendo.

—¡Señor! ¡He encontrado un medio de transporte!

—¿Cuál?

—Un elefante. Aquí al lado. Vive con un indio, en un cobertizo.

Fueron a verlo. Era un elefante enorme, de piel gris y ojos pequeños. Se llamaba Kiouni. Su dueño lo alquilaba para trabajos de fuerza. Y no quería venderlo de ninguna manera.

Fogg le ofreció dinero por unas horas. El hombre dijo que no.

Fogg subió la oferta. Que no.

Fogg volvió a subirla. Que no.

Entonces Fogg dijo que se lo compraba. Y empezó a subir el precio.

Picaporte iba escuchando las cifras y se ponía cada vez más pálido. Aquello era una fortuna. Una barbaridad. ¡El elefante costaba más que una casa!

Al final, Fogg sacó su bolsa de viaje y contó los billetes allí mismo, delante de todos, con la misma calma con la que se paga el pan.

A Picaporte casi le da algo.

Pero el trato estaba hecho. Kiouni era suyo.

Faltaba una cosa más: alguien que supiera guiarlo.

Apareció un joven parsi, de una comunidad muy antigua de la India. Se ofreció a llevarlos y a montar en el cuello del animal. Sabía el camino y sabía hablarle a Kiouni. Fogg aceptó.

Le pusieron al elefante dos asientos con techo, uno a cada lado. Compraron comida. Y a las nueve de la mañana, el grupo salió de la aldea.

Fogg iba en un asiento. Sir Francis, en el otro. Picaporte se sentó a horcajadas en el lomo, en medio de los dos.

Empezaba el viaje más raro de su vida.

El bosque era espeso y verde. No había caminos. El guía metía a Kiouni entre los árboles, buscando atajos, para ganar tiempo.

El elefante andaba deprisa, pero se movía como un barco en la tormenta. Los dos señores iban dando tumbos en sus asientos. Y Picaporte, arriba, botaba como una pelota.

—¡Ay! ¡Ay! —decía a cada paso—. ¡Esto no es un animal, es un terremoto!

Pero Picaporte tenía maña con todo el mundo. Empezó a darle terrones de azúcar a Kiouni. El elefante estiraba la trompa, los cogía y seguía andando, contento.

Poco a poco, se hicieron amigos.

A las cuatro de la tarde, Kiouni se paró en seco.

Levantó la trompa. Movió las orejas. Algo había oído.

—Silencio —dijo el guía en voz baja—. Escondámonos.

Metió al elefante entre los matorrales y todos se agacharon. Entonces lo oyeron: una música rara, muy lejana. Tambores. Voces. Cantos.

El sonido se fue acercando por el camino.

Y apareció la comitiva.

Iban cientos de personas. Delante, unos hombres santos con túnicas largas. Detrás, un grupo llevaba en hombros el cuerpo de un hombre muerto: un príncipe de aquella tierra.

Y en medio de todos, caminaba una mujer joven.

Era muy hermosa y muy pálida. Llevaba joyas de oro y ropa de fiesta. Pero no miraba a ningún sitio. Andaba como dormida, con los ojos abiertos y vacíos. Le habían dado algo para que no se enterara de nada.

Detrás de ella, unos guardias con sables no la perdían de vista.

Picaporte, escondido, se acordó de los tres sacerdotes de Bombay y se le puso la piel de gallina. Pero esto era otra cosa. Esto era mucho peor.

—Guía —susurró Sir Francis—, ¿adónde la llevan?

—A la pagoda de Pillaji. A dos millas de aquí.

—¿Y qué van a hacer con ella?

El guía tardó en contestar.

—Mañana, al amanecer, van a incinerarla viva. Junto al cuerpo de su marido.

Picaporte apretó los puños. Sintió una rabia que le subía por dentro, tan fuerte que tuvo que morderse los labios para no gritar.

—¿Y ella quiere? —preguntó.

—No —dijo el guía—. Ella no quiere.

La comitiva pasó de largo. Los cantos se apagaron. El bosque se quedó otra vez en silencio.

El guía se levantó, aliviado.

—Ya podemos seguir. Con suerte, llegaremos a Allahabad a tiempo.

Todos volvieron a los asientos. Todos menos uno.

Phileas Fogg no se había movido. Estaba de pie, muy quieto, mirando el camino por donde se habían ido. Luego sacó su cuaderno de viaje y miró las cuentas, como hacía siempre.

Sumó. Restó. Cerró el cuaderno.

—Sir Francis —dijo—. Llevamos doce horas de adelanto.

—Sí, señor Fogg. Doce horas ganadas.

—Bien —dijo Phileas Fogg—. Vamos a gastarlas en salvar a esa mujer.

Y por primera vez desde Londres, nadie supo qué contestar.

Capítulo 5 de 15

El rescate de Aouda

Día 21 de 80 · Ganges

Ilustración del capítulo

Aquella noche, nadie durmió.

El plan de Phileas Fogg era una locura, y todos lo sabían. Iban a colarse en la pagoda. Tenían que rescatar a la joven y huir antes del amanecer. Cuatro hombres contra cientos. Sin armas. En un país desconocido.

Pero Fogg lo había decidido, y Fogg no daba marcha atrás.

El guía escondió a Kiouni entre los árboles. El elefante quedó listo para la huida. Luego los guió hasta cerca de la pagoda de Pillaji.

Lo que vieron les heló la sangre.

Alrededor del templo había una gran hoguera. Y por todas partes, guardias. Guardias en las puertas. Guardias en los muros. Guardias junto al fuego, con sables al cinto. Cientos de personas dormían en el suelo. Esperaban el amanecer.

En una sala del templo estaba la joven, vigilada día y noche. Le habían dado algo para dormir. No podía huir sola. Ni siquiera se enteraba de lo que iba a pasarle.

—Es imposible —susurró Sir Francis—. No hay por dónde entrar.

El guía miró la parte de atrás del templo. Allí el muro era viejo, de ladrillo y madera, y daba a un rincón oscuro. No había nadie vigilando.

—Por ahí —dijo—. Podemos abrir un boquete.

Aquel hombre no pensaba abandonar a la joven. Era de su mismo pueblo.

Se pusieron a ello en silencio, en plena noche. Rascaron el ladrillo. Arañaron la madera con sus navajas. Trabajaron a oscuras, sin levantar la cabeza.

Pero el muro era duro y las navajas, pequeñas. Iban demasiado despacio.

De pronto oyeron voces al otro lado. Unos guardias se acercaban. Tuvieron que soltarlo todo y esconderse entre las sombras.

El boquete se quedó a medias.

—Se acabó —dijo el guía—. Hay que irse ahora.

—Quedarse es morir —añadió Sir Francis—. Nos matarán a todos.

Fogg no se movió.

—Todavía queda tiempo —dijo—. Esperaremos.

Y esperaron. Escondidos entre los árboles, sin hablar, viendo cómo el cielo empezaba a aclarar.

Sir Francis lo miraba de reojo, con miedo. Aquel hombre tranquilo estaba tramando algo. ¿Pensaba lanzarse él solo contra cientos de personas? Eso no era valor. Eso era morir para nada.

Entonces se dieron cuenta de una cosa terrible. Faltaba Picaporte.

—¿Dónde se ha metido? —preguntó Fogg, por primera vez inquieto.

Nadie lo sabía. Había desaparecido en mitad de la noche.

Sonaron los tambores. La gente se despertó y echó a andar hacia la hoguera.

Fogg, Sir Francis y el guía se metieron entre la multitud. Caminaron con la cabeza baja, en las últimas filas, sin llamar la atención. Así llegaron hasta cincuenta pasos del fuego.

Sacaron a la joven de la pagoda. La llevaron en brazos, todavía dormida, hasta la gran hoguera. A su lado, tumbaron el cuerpo del príncipe muerto, su marido.

Un sacerdote acercó una antorcha. La leña estaba empapada en aceite y prendió de golpe. El humo subió, espeso y blanco, y lo tapó todo durante un momento.

Y Fogg perdió la calma por primera vez en su vida.

Se lanzó hacia delante. Iba a meterse en el fuego él solo. Sir Francis y el guía tuvieron que sujetarlo con todas sus fuerzas.

Entonces pasó algo que nadie podía creer.

De entre el humo, el muerto se levantó.

El príncipe muerto se puso de pie. Se levantó despacio, con la joven en brazos. La multitud lanzó un grito de espanto. Todos se echaron al suelo, muertos de miedo. ¡El muerto había vuelto a la vida!

Pero no era el muerto.

Era Picaporte.

Se había arrastrado hasta la hoguera en plena noche. Se había tumbado junto al príncipe y se había puesto sus ropas. Trepar sin ruido y aguantar quieto era lo suyo: no en vano había sido acróbata de circo. Y ahora salía del humo con la joven en brazos, aprovechando el susto de todos.

—¡Corran! —gritó—. ¡Corran!

Fogg y Sir Francis reaccionaron al instante. El guía silbó a Kiouni. Y todos echaron a correr hacia el bosque.

Detrás, la multitud tardó unos segundos en entender el engaño. Cuando lo entendieron, empezaron los gritos de rabia. Pero ya era tarde.

Kiouni los estaba esperando. Subieron como pudieron, con la joven dormida entre ellos, y el elefante se lanzó a toda prisa entre los árboles.

Sonaron disparos a lo lejos. Ninguno los alcanzó.

Cuando por fin pararon, el peligro había quedado atrás. Lo habían conseguido.

Fogg miró a Picaporte, cubierto de ceniza y temblando.

—Bien hecho —dijo solamente.

Para Phileas Fogg, aquello era casi un abrazo.

A media mañana llegaron a Allahabad. Allí volvía a empezar el ferrocarril. Y allí tenían que despedirse de Kiouni.

La joven seguía sin despertar. La acostaron a la sombra, con cuidado.

Fogg se acercó al guía para pagarle lo prometido. Pero en vez de dinero le ofreció algo mejor:

—Quédese con Kiouni —le dijo—. Se lo ha ganado.

El guía se quedó sin habla. Aquel elefante valía una fortuna.

Picaporte se despidió a su manera. Se acercó al animal y le fue dando terrones de azúcar, uno detrás de otro, hasta que se le acabaron. Kiouni movió las orejas y le tocó el hombro con la trompa.

—Adiós, amigo —dijo Picaporte, con un nudo en la garganta.

El tren salió de Allahabad y bajó toda la noche por el valle del Ganges. Al otro lado de la ventana pasaban ríos anchos, templos y ciudades antiguas.

Fogg no miró ni una sola vez.

La joven despertó dentro del vagón, entre desconocidos y con ropa que no era la suya. Se asustó. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí.

Fue Sir Francis quien se lo contó todo. Le explicó que aquel señor callado del asiento de enfrente lo había arriesgado todo por ella. Y que el criado se había hecho pasar por un muerto para sacarla del fuego.

Fogg no dijo nada. Picaporte se puso rojo y miró al suelo.

—Yo no hice nada —murmuró—. Solo me quedé quieto.

Ella se llamaba Aouda. Era del mismo pueblo antiguo que el guía. De pequeña había estudiado en escuelas inglesas y hablaba muy bien. Se había quedado sin padres. La casaron a la fuerza con aquel viejo príncipe. Al morir él, quisieron acabar también con ella.

Ahora estaba libre. Pero no podía quedarse en la India: allí la buscarían.

—Entonces viene con nosotros —dijo Fogg, como si fuera lo más normal del mundo.

Y así, Aouda se unió al viaje.

Antes de llegar a Calcuta, Sir Francis se bajó del tren. Volvía con sus soldados.

—Buena suerte, señor Fogg —dijo—. Y gracias por lo que ha hecho.

Fogg le dio la mano. Luego sacó su cuaderno y echó cuentas.

Habían ganado doce horas cruzando la India a lomos de Kiouni. Y se las habían gastado enteras en salvar a Aouda. Ni una de sobra. Llegaban a Calcuta justos, pegados al reloj.

A Fogg no pareció importarle lo más mínimo.

Lo que no sabía era que en Calcuta le esperaba alguien con muy malas noticias. El error de Picaporte en el templo de Bombay no se había olvidado. Y estaba a punto de pasarles factura.

Pero eso sería al día siguiente.

Capítulo 6 de 15

El juicio de Calcuta

Día 24 de 80 · Calcuta

Ilustración del capítulo

El tren entró en Calcuta al amanecer.

Phileas Fogg llegaba en su día justo. Ni una hora de adelanto. Ni una de retraso. Las doce horas ganadas en la India se habían gastado en salvar a Aouda. La cuenta estaba a cero.

Pero no hacía falta más. El barco para Hong Kong, el Rangoon, salía a mediodía. Quedaban cinco horas. Tiempo de sobra.

—Al puerto —dijo Fogg.

En el andén los esperaba un policía.

—¿El señor Phileas Fogg y su criado?

—Soy yo. Y este es Picaporte.

—Acompáñenme, por favor. Los dos.

Fogg no discutió. Aouda no quiso separarse de ellos. Los llevaron a una sala con rejas en las ventanas y allí los encerraron.

—A las ocho y media verán al juez —dijo el policía. Y cerró la puerta.

Aouda se puso pálida.

—Es por mi culpa —dijo en voz baja—. Me salvaron, y ahora la ley los persigue por eso.

Picaporte pensaba lo mismo. ¡Los habían denunciado los sacerdotes de la hoguera!

El único tranquilo era Fogg.

—A usted no pueden hacerle nada —le dijo a Aouda—. Y nosotros no perderemos ese barco.

Lo dijo como quien dice que mañana saldrá el sol. A los planes de Fogg no les hacía falta parecer posibles. Le bastaba con haberlos decidido.

A las ocho y media los llevaron ante el juez, un señor llamado Obadiah.

La sala estaba llena de gente. Y al fondo, medio escondido entre el público, había un hombre menudo con bombín.

El detective Fix.

Porque todo aquello era cosa suya.

Fix había llegado a Calcuta antes que ellos. Su orden de arresto seguía sin llegar de Londres. Necesitaba ganar tiempo como fuera. Y había encontrado la manera: meter a Fogg en un lío con la justicia. Un buen lío podía retenerlo en Calcuta varios días. Para entonces, la orden ya habría llegado.

—¿Reconocen ustedes los hechos? —preguntó el juez.

Fogg pensó en el rescate de Aouda y no lo dudó:

—Los reconozco.

—Perfecto —dijo el juez—. Que pasen los denunciantes.

Y entraron tres sacerdotes. Picaporte se quedó de piedra. No eran los de la hoguera. ¡Eran los del templo de Bombay!

Un ayudante dejó sobre la mesa del juez un par de zapatos.

—¡Mis zapatos! —gritó Picaporte, sin poder aguantarse.

Allí nadie sabía nada del rescate de Aouda. El asunto era otro, mucho más pequeño y mucho más tonto. Semanas atrás, un turista había entrado calzado en un templo sagrado de Bombay. La ofensa no se había olvidado. Y Fix se había encargado de traer a los tres sacerdotes hasta Calcuta, justo a tiempo para el juicio.

—¿Reconoce el acusado haber entrado con zapatos en la pagoda? —preguntó el juez.

—Lo… lo reconozco —dijo el pobre criado, rojo hasta las orejas.

La sentencia fue rápida. Quince días de cárcel para el criado y trescientas libras de multa. Y para el amo, responsable de su criado, una semana de cárcel.

Al fondo de la sala, Fix se frotó las manos. ¡Una semana! Tiempo de sobra para que llegara su orden de arresto.

Entonces Fogg levantó la mano. Habló con la misma voz con la que pedía el desayuno:

—Ofrezco fianza.

Una fianza es un dinero que se deja como promesa. Si el acusado vuelve cuando lo llaman, lo recupera. Si escapa, lo pierde.

El juez aceptó. Aquellos extranjeros podían fugarse, así que pidió una fianza enorme: miles de libras. Una pequeña fortuna.

—Pagada —dijo Fogg.

Sacó de su bolsa de viaje un fajo de billetes y lo dejó sobre la mesa.

—Pueden irse —dijo el juez.

En su rincón, Fix se quedó helado.

Salieron del juzgado con tres horas por delante.

—¡Ese dinero lo perderemos! —se lamentaba Picaporte—. ¡No vamos a volver a Calcuta en la vida!

—Claro que lo perderemos —dijo Fogg, andando hacia el puerto.

Picaporte echó cuentas y le entraron sudores. Entre la multa y la fianza, aquel paseo por el templo salía carísimo. Sus zapatos viejos eran ya los zapatos más caros del mundo.

A mediodía en punto subieron al Rangoon. Fogg había cumplido su palabra: no perdieron el barco.

Lo que nadie vio fue al último pasajero. Subió deprisa, casi de tapadillo, justo antes de que retiraran la pasarela.

Fix no pensaba soltar a su presa.

El Rangoon puso rumbo al este. Por delante quedaban muchos días de mar.

A bordo, Aouda recuperaba el color día a día. Ya no era la mujer dormida de la hoguera. Preguntaba, sonreía, daba las gracias por todo. Y miraba a Fogg de una manera nueva, entre el agradecimiento y el asombro.

Un día le contó su esperanza. En Hong Kong vivía un primo suyo, Jeejeeh, un comerciante muy rico. Ella le pediría ayuda para empezar una vida nueva.

—¿Y si ya no está allí? —preguntó con miedo—. ¿Y si no quiere ayudarme?

—Todo se arreglará —contestó Fogg—. Matemáticamente.

Matemáticamente. Aouda no supo si reír o llorar. Aquel hombre se había jugado la vida por ella. Y hablaba como una máquina de sumar. Cuanto más cariño le tomaba ella, más educado y más lejano parecía él.

Picaporte se lo explicaba a su manera:

—Mi amo es así, señora. Corazón tiene. Pero lo guarda en la caja fuerte.

Una tarde, en cubierta, Picaporte se dio de bruces con una cara conocida.

—¡Señor Fix! ¡Usted por aquí!

—¡Qué casualidad! —sonrió Fix—. Negocios. Voy a Hong Kong.

Qué casualidad, sí. El mismo hombre, en el mismo barco, por tercera vez. Pero Picaporte seguía sin sospechar nada. Se alegró de corazón de ver a su "amigo".

Fix lo invitó a beber, como siempre. Preguntó mucho, como siempre. Y el bueno de Picaporte se lo contó todo, con pelos y señales: el elefante, el rescate, el juicio, la fianza pagada. Todo.

Fix escuchaba con mucha atención. Él sospechaba que Fogg se había llevado a la dama a la fuerza. Otra acusación que apuntarle. Pero no: la propia Aouda quería ir a Hong Kong, a casa de su primo. Adiós a esa idea.

Le quedaba una carta, y era buena. El barco pararía en Singapur. Y en Singapur había telégrafo: mensajes que corren por un cable y llegan en horas adonde un barco tarda días. Podía avisar a la policía de Hong Kong para que la orden de arresto los estuviera esperando en el puerto.

Hong Kong era tierra inglesa. Era su última oportunidad de atrapar a Fogg con la ley en la mano. Y Fix no pensaba desperdiciarla.

Aquella noche, el Rangoon navegaba tranquilo bajo las estrellas. Ninguno de los viajeros lo sospechaba. Muy pronto, un mensaje invisible correría bajo el mar. Mucho más rápido que ellos.

En Hong Kong, alguien los estaría esperando.

Capítulo 7 de 15

Tormenta hacia Hong Kong

Día 36 de 80 · Mar de China

Ilustración del capítulo

El Rangoon salió de Calcuta a mediodía, con Fix escondido entre el pasaje. Seis días después apareció Singapur.

El barco paraba unas horas para cargar carbón. Fogg bajó a tierra. No por gusto: bajó porque Aouda quiso ver la isla, y él la acompañó como quien cumple un trámite.

Singapur no tenía montañas. Parecía un jardín enorme. Palmeras, pimienta, nuez moscada. Monos entre las ramas y, decían, tigres en la espesura. Alquilaron un carruaje y pasearon dos horas. Aouda lo miraba todo con los ojos muy abiertos. Fogg miraba su reloj.

Picaporte volvió del mercado con un regalo. Traía mangos.

—Pruebe, señora. Son de aquí.

Aouda probó uno y sonrió. Picaporte se puso colorado de orgullo.

Detrás de ellos, a cierta distancia, un hombre menudo con bombín fingía mirar escaparates.

Pero Fix no había perdido la mañana.

Antes de seguirlos se había metido en la oficina del telégrafo. Allí escribió un mensaje muy corto para la policía de Hong Kong: que la orden de arresto contra Phileas Fogg estuviera esperándolo en el puerto.

Pagó, salió y se fue a vigilar a su presa.

El mensaje corrió por el cable, bajo el mar, mucho más rápido que cualquier barco. La trampa ya estaba puesta. Ahora Fix solo tenía que llegar.

A las diez de la mañana todos volvieron a bordo. El Rangoon puso rumbo a Hong Kong.

En cubierta, Picaporte llevaba días echando cuentas.

Aquel señor Fix aparecía en todas partes. En Suez. En el vapor del mar Rojo. En Bombay. Y ahora aquí. Siempre con la misma sonrisa amable y las mismas preguntas.

Un día creyó entenderlo todo de golpe.

¡Claro! ¡Fix era un espía del Reform Club! Aquellos señores de Londres se jugaban veinte mil libras. Habían mandado a alguien detrás de Fogg para comprobar que hacía el viaje de verdad. Eso era. No había otra explicación.

A Picaporte le pareció feísimo. Pero decidió callarse: si su amo se enteraba de que sus amigos desconfiaban de él, se ofendería.

Así que se guardó el secreto y se dedicó a pinchar al detective.

—Señor Fix —le decía, guiñando un ojo—, es usted un zorro muy astuto.

Fix se ponía pálido.

—¿Y qué hará usted en Hong Kong? ¿Nos dejará allí? ¿O piensa seguirnos hasta el fin del mundo?

Fix tosía y hablaba del tiempo.

Luego se encerraba en su camarote, hundido. "Lo sabe", pensaba. "Ese francés sabe que soy policía. Me ha descubierto. Estoy perdido."

Y Picaporte, en cubierta, se frotaba las manos: "Ya te tengo calado, espía."

Los dos hablaban del mismo hombre. Ninguno hablaba de lo mismo.

El 3 de noviembre el cielo se puso del color del plomo.

El mar de China no perdona. El viento se levantó, giró y empezó a soplar de frente. Justo de frente. El capitán mandó recoger las velas y el barco siguió a fuerza de máquina, cabeceando como un caballo asustado.

Las olas barrían la cubierta. El Rangoon subía, caía, temblaba. A veces la hélice salía del agua y giraba en el aire con un ruido horrible.

Picaporte estaba furioso con el mar, con el viento y sobre todo con el barco.

—¡Estos vapores ingleses son demasiado prudentes! —protestaba, agarrado a un cabo—. ¡Yo quiero uno americano! ¡Que reviente la caldera si hace falta, pero que corra!

Fogg no protestaba. Fogg jugaba a las cartas.

¿Y Fix? Fix estaba en su litera, verde, mareado como nunca lo había estado nadie. Y feliz.

Porque cada hora de tormenta era una hora de retraso. Y con retraso, Fogg perdería el barco de Yokohama. Y si lo perdía, se quedaría en Hong Kong. Y Hong Kong era tierra inglesa, el último sitio del mundo donde una orden inglesa servía para algo.

Mareado y todo, sonreía.

El 6 de noviembre el viento aflojó. El capitán echó sus cuentas y dio la mala noticia: llegarían con veinte horas de retraso.

Veinte horas. El vapor de Yokohama, el Carnatic, saldría sin ellos.

A la una de la tarde el Rangoon entró en el puerto de Hong Kong.

Aquello era un hormiguero de barcas: juncos de velas pardas, botes de pesca, barquitas cargadas hasta arriba. Antes de atracar subió a bordo el piloto, que es el hombre que guía los barcos por dentro del puerto.

Picaporte tenía una pregunta en la boca y no se atrevía a soltarla. Le daba miedo la respuesta.

Fogg sí preguntó. Con la misma calma con la que pedía el desayuno.

—¿Cuándo sale el Carnatic para Yokohama?

—Mañana por la mañana, señor.

Picaporte se quedó sin aire.

—¿Mañana? ¿No salía ayer?

—Se le rompió una caldera —dijo el piloto—. Han tenido que arreglarla. Sale mañana.

Veinte horas de retraso llevaba el Rangoon. Y el Carnatic, averiado, llevaba más.

Picaporte agarró la mano del piloto con las dos suyas y se la estrujó como si fuera un pariente perdido.

—¡Es usted un hombre magnífico!

El piloto no entendió nada.

—Bien —dijo Fogg. Y lo anotó en su cuaderno.

En un rincón, blanco como el papel, Fix miraba al piloto con ganas de retorcerle el cuello.

Quedaba lo más importante.

Fogg bajó a tierra y fue derecho a la Bolsa, que es la casa donde los comerciantes de una ciudad hacen sus negocios. Allí preguntó por Jeejeeh, el primo rico de Aouda.

Lo conocían de sobra.

—¿Jeejeeh? Hizo una fortuna y se marchó de Asia. Vive en Holanda desde hace dos años.

Fogg volvió al hotel. Aouda lo esperaba de pie.

—Su primo ya no está en Hong Kong, señora. Se ha ido a vivir a Europa.

Aouda no dijo nada. Se le fue el color de la cara.

Aquel primo era todo lo que le quedaba en el mundo. Ahora estaba sola, muy lejos de su tierra, en una ciudad desconocida, sin nadie a quien pedir ayuda.

Fogg no dijo "cuánto lo siento". No dijo "no se preocupe". Se quedó callado un momento, como quien repasa una cuenta.

—Entonces vendrá usted a Europa con nosotros —dijo.

—Señor Fogg, yo no puedo…

—Puede. Nos coge de camino.

Y para él, el asunto quedó resuelto.

Aouda lo miró en silencio. Aquel hombre acababa de decidir el resto de su vida en dos frases, sin levantar la voz, como quien apunta una cifra en una libreta.

—Picaporte —llamó Fogg—, un camarote más en el Carnatic.

Aquella noche Hong Kong se llenó de faroles.

Faltaban unas horas para que el Carnatic zarpara con los tres a bordo. Unas horas para salir de la última tierra inglesa del camino.

Fix lo sabía mejor que nadie. Su telegrama había llegado. Pero la orden de arresto, la de verdad, la de papel y firma, todavía no estaba en Hong Kong.

Le quedaba una noche. Una sola noche para impedir que aquel barco se llevara a Phileas Fogg.

Y a Fix se le estaba ocurriendo algo.

Capítulo 8 de 15

La trampa de Fix

Día 36 de 80 · Hong Kong

Ilustración del capítulo

Fogg mandó a Picaporte al puerto a por los pasajes. Un camarote más, para Aouda.

Picaporte fue silbando. Todo iba bien. El barco salía por la mañana y ellos estarían a bordo, rumbo a Yokohama.

En el muelle preguntó por el Carnatic. Y se llevó una sorpresa.

—¿El Carnatic? Ya tiene la caldera arreglada —le dijeron—. Sale esta noche, no mañana.

¡Esta noche! Picaporte se quedó parado. Había que avisar a su amo. Pero aún era por la tarde; había tiempo de sobra hasta la noche. Ya se lo diría.

Se dio la vuelta para volver al hotel y se dio de narices con un hombre menudo, con bombín.

—¡Señor Fix! —rió Picaporte—. ¡Usted en todas partes! ¿No se cansa nunca de seguirnos?

Fix no reía. Tenía muy mala cara. Aquella era su última noche en tierra inglesa, y su orden de arresto no había llegado. Si Fogg cogía ese barco, se le escapaba para siempre.

—Venga, tomemos algo —dijo Fix, tragándose la rabia—. Le invito.

Picaporte, que no le hacía ascos a una copa, aceptó encantado.

En la taberna, Fix cambió de cara. Se puso serio y bajó la voz.

—Escúcheme bien. Yo no soy quien usted cree. No me manda ningún club. Soy policía. Vengo de Londres.

Picaporte casi se atraganta de risa.

—¿Policía? ¡Ande ya!

—Persigo a su amo. Creo que robó un banco en Londres. Una fortuna. Y tengo que detenerlo aquí, en Hong Kong, porque es el último sitio donde mi orden vale algo.

Picaporte lo escuchaba y pensaba: "Ya está. Aquí viene la jugada sucia."

Para él, todo encajaba al revés. Aquel hombre era un espía del Reform Club, de eso estaba seguro desde el mar de China. Y ahora se inventaba un cuento de policías y bancos para que él, Picaporte, traicionara a su amo. Qué poca vergüenza.

—Ayúdeme —siguió Fix—. Retenga a Fogg dos o tres días. Que pierda el barco. Le pagaré bien. Muy bien.

Y puso un montón de dinero sobre la mesa.

Picaporte se levantó de golpe, rojo de rabia.

—¿Me está comprando? ¿A mí? Mi amo es el hombre más honrado del mundo. Y usted es un canalla. Guárdese su dinero.

Fix decía la verdad por primera vez en todo el viaje. Y era justo ahora cuando Picaporte no le creía ni una palabra.

Fix vio que el soborno no funcionaba. Pero no se rindió. Cambió de plan.

—Está bien, está bien —dijo, guardando el dinero con una sonrisa—. Olvidemos esto. Tómese otra copa, hombre. Sin rencores.

Picaporte, que era de buena pasta, se dejó convencer. Una copa. Y otra. Fix llenaba y llenaba el vaso.

Cuando la taberna ya le daba vueltas, Fix lo sacó a la calle del brazo y lo llevó a otro sitio. Una casa de humo.

Eran unas salas en penumbra, llenas de gente tumbada y muy quieta. Allí daban un humo dulce que hacía dormir. La gente entraba, respiraba aquel humo y se quedaba horas como dormida.

Fix sentó a Picaporte en un rincón y dejó que respirara.

El francés aún se resistió un momento. Se acordó, muy lejos, de que tenía que decirle algo importante a alguien. Algo del barco. Algo de su amo. Quiso levantarse y no pudo. Los ojos se le cerraron solos. Y se durmió.

Fix lo miró un instante, tirado en aquel rincón. Luego se caló el bombín y se marchó.

Ya no quedaba nadie para avisar a Fogg.

Mientras tanto, en el hotel, Fogg no sabía nada de todo esto.

Había pasado la tarde tranquilo. Como el primo de Aouda ya no estaba y ella seguía viaje con ellos, Fogg salió a comprarle lo necesario: ropa, un baúl, cosas para el camino. Lo hizo con calma, sin prisa, como quien tacha renglones de una lista.

Después cenó a gusto y se fue a la cama.

¿Y Picaporte? Bueno, a veces el muchacho se entretenía por ahí. Ya volvería.

Fogg apagó la luz sin preocuparse. El barco salía por la mañana. Había tiempo de sobra.

No lo había. El Carnatic ya se alejaba de Hong Kong en la oscuridad, sin ellos. Y Picaporte dormía en una casa de humo, sin poder avisar a nadie.

Por la mañana, Picaporte no había vuelto.

Fogg no se alarmó. Desayunó, recogió a Aouda y bajó al puerto a embarcar.

Buscó el Carnatic con la mirada. No estaba.

—El Carnatic salió anoche, señor —le dijeron—. En cuanto arregló la caldera.

Anoche. El barco se había ido sin ellos.

A Aouda se le mudó la cara. En eso, un hombre se acercó con gesto de pena. Era Fix.

—¡Qué mala suerte! —dijo, fingiendo—. Yo también me he quedado en tierra. ¿Y ahora qué vamos a hacer?

Fogg no perdió la calma ni un segundo. No preguntó por qué había fallado Picaporte; ya pensaría en él más tarde. Ahora tocaba resolver lo del barco.

Recorrió el puerto preguntando. Ningún vapor grande salía a tiempo. Pero había otra cosa.

Un botecito. Uno de esos botes pequeños y rápidos, con velas, que guían a los barcos grandes por el puerto. Se llamaba la Tankadere. Su patrón, John Bunsby, era un viejo lobo de mar.

—¿Puede llevarnos hasta alcanzar el barco de Yokohama? —preguntó Fogg.

—Puedo intentarlo —dijo Bunsby—. Pero el mar de China es traicionero.

—Le pago lo que me pida.

Trato hecho.

Y entonces Fogg hizo una última cosa antes de subir a bordo.

Fue a la policía y al consulado de Francia, que es la oficina que cuida de los franceses lejos de su país. Dejó una buena cantidad de dinero y las señas de Picaporte: que lo buscaran, que lo cuidaran y que lo mandaran de vuelta a casa cuando apareciera.

No lo abandonaba. Aunque el reloj corriera en su contra, aquel hombre callado no dejaba tirado a su criado.

Fix lo veía todo y no entendía nada. Él le había hecho una faena horrible a aquella gente. Y aquella gente lo trataba con amabilidad y le ofrecía un hueco en el bote, sin sospechar de él. Fix se sintió pequeño. Muy pequeño.

A las tres y diez de la tarde, la Tankadere soltó amarras.

Fogg, Aouda y su "nuevo amigo" Fix se hicieron a la mar en aquella cáscara de nuez.

Fix miraba el muelle sudando. Tenía un miedo: que Picaporte despertara de golpe, llegara corriendo y lo estropeara todo en el último segundo.

Pero el muelle se fue quedando atrás, cada vez más pequeño. Nadie llegó corriendo.

Picaporte seguía dormido en algún rincón de Hong Kong. Solo. Sin saber que su amo acababa de marcharse al otro lado del mundo en un bote diminuto.

Y por delante, negro y enorme, esperaba el mar de China.

Capítulo 9 de 15

La Tankadere

Día 37 de 80 · Mar de China

Ilustración del capítulo

La Tankadere era un barco pequeño.

Veinte toneladas. Un mástil, sus velas y una cubierta que se cruzaba en cuatro pasos. Al lado de los grandes vapores del puerto parecía un juguete de madera.

En ese juguete se metieron Fogg, Aouda y Fix para cruzar el mar de China.

El patrón, John Bunsby, conocía aquellas aguas como quien conoce su calle. Era un hombre curtido, de pocas palabras, con la piel del color de la madera vieja. Llevaba cuatro hombres con él.

Antes de soltar amarras se quedó un buen rato mirando el cielo. No dijo lo que pensaba.

Los marineros trabajaban rápido y de buen humor, y había un motivo: Fogg les había prometido doscientas libras si llegaban a tiempo.

Doscientas libras eran una fortuna para unos marineros. Aquellas velas iban a ir bien tensadas.

Las primeras horas fueron buenas. El barquito cortaba el agua con ganas y dejaba detrás una raya blanca.

Hong Kong se fue quedando pequeño. Aouda lo miraba desde la borda.

—¿Y Picaporte, señor?

—He dejado dinero y sus señas en la policía y en el consulado —dijo Fogg—. Lo buscarán.

No dijo nada más. Pero había hecho aquello con el reloj corriendo en su contra, minutos antes de zarpar.

A la hora de comer pasó una cosa pequeña que valió por todo el viaje.

Se sentaron los tres. Comieron. Y al terminar, Fix sacó su dinero y lo puso sobre la mesa.

—Permítame pagar mi parte.

—No hace falta —dijo Fogg.

—Insisto. Es lo justo.

—Es gasto general —contestó Fogg, sin levantar la voz—. Ya está incluido.

Fix lo intentó otra vez. Habló de lo que costaba un barco así, y la comida, y un pasaje de tantos días.

Fogg lo escuchó con toda su educación, hasta el final. Y cuando el detective se quedó sin argumentos, repitió:

—Gasto general.

Y siguió comiendo tan tranquilo.

Fix se quedó con las monedas en la mano. Buscó una frase para replicar. No la encontró. Porque no hay forma de discutir con una educación tan terca.

Se levantó y se fue a proa, que es la parte de delante del barco. Allí se quedó, de pie, mirando el agua. No habló con nadie en todo el día.

Aouda lo vio marcharse y no entendió nada. Fogg ya estaba anotando algo en su cuaderno.

El mar iba movido. En aquel barco no se mareó nadie.

Nadie salvo Fix. Y lo suyo no venía del mar.

Aquel hombre perseguía a Fogg. Lo había traicionado en Hong Kong. Había dejado a su criado tirado en una casa de humo. Y ahora ese mismo hombre le pagaba la comida y el pasaje sin pedirle nada a cambio, y encima con buenos modos.

Cada bocado le había sabido a vergüenza.

Al caer la noche, el viento cambió.

Primero fue una racha. Luego otra. Y en un rato el mar de China se puso a golpear el barquito en serio.

Bunsby dio dos órdenes cortas. Sus hombres recogieron vela y ataron todo lo que podía moverse. Uno se amarró al timón con un cabo.

Las olas empezaron a pasar por encima de la cubierta. La Tankadere subía, se hundía y crujía por todas partes, como si le doliera. Veinte toneladas de madera contra todo aquello.

Aouda se agarró donde pudo. No gritó ni una sola vez.

Fogg seguía sentado, con el agua hasta los tobillos, tan quieto como en el salón de su club.

Bunsby aguantó cuanto pudo. Hacia las once se acercó a Fogg, chorreando agua.

—Señor, esto se está poniendo muy feo. Deberíamos meternos en un puerto de la costa y esperar a que pase.

Fogg levantó la vista.

—Me parece bien.

Bunsby respiró. Por fin un pasajero con sentido común.

—Entrar en un puerto —repitió Fogg—. Sí. Ese puerto es Shanghái.

—…¿Cómo dice?

—Shanghái —dijo Fogg—. Es el único puerto al que vamos.

Y se quedó tan ancho.

Bunsby lo miró un momento. Luego miró el mar negro. Luego volvió al timón sin decir nada.

No sirve de nada discutir con alguien que no te ha dicho que no. Simplemente te ha dicho otra cosa.

La noche fue muy larga.

Al amanecer el viento aflojó un poco y el cielo se abrió por el este. Los marineros empezaron a respirar. Uno hasta se rió.

Bunsby no. Bunsby miró hacia el sur y se le puso mala cara.

Allá abajo, en la raya del horizonte, el cielo tenía un color que él conocía demasiado bien.

Llamó a sus hombres y lo señaló con el dedo. Se acabaron las risas.

—Viene un tifón —dijo—. Del sur.

Un tifón es la peor tormenta de aquellos mares. No es viento fuerte: es viento que arranca los mástiles y da la vuelta a los barcos. Y ellos iban en veinte toneladas de madera.

Bunsby esperaba miedo. O por lo menos una pregunta.

Fogg miró al sur. Se quedó callado un momento, como quien hace una cuenta.

—Del sur —dijo—. Entonces sopla justo hacia donde vamos.

—Señor, un tifón no es viento a favor.

—Nos empujará —dijo Fogg.

Y fue a sentarse.

Bunsby se quedó solo con su horizonte. Luego se subió el cuello de la chaqueta y empezó a dar órdenes. Si aquel señor quería llegar a Shanghái, se llegaba a Shanghái.

Aouda no apartaba los ojos de aquella raya oscura. En la proa, Fix se agarró con las dos manos a lo primero que encontró.

La mancha del sur seguía creciendo.

Capítulo 10 de 15

El circo de Yokohama

Día 44 de 80 · Yokohama

Ilustración del capítulo

Picaporte no se acordaba de casi nada.

Se acordaba de la casa de humo. De unas ganas enormes de dormir. Y de una idea que le daba vueltas: "Tengo que decirle algo a mi amo. Algo del barco."

Esa idea fue la que lo salvó.

Medio dormido, sin saber muy bien qué hacía, sus piernas lo llevaron solas hasta el puerto. Cruzó la pasarela del Carnatic justo cuando el barco empezaba a moverse. Dio dos pasos por cubierta y se cayó al suelo como un saco.

Unos marineros lo recogieron. Pensaron que era un pasajero borracho y lo bajaron a un camarote de segunda, a que durmiera la mona.

El deber lo había subido al barco. Su cabeza no se había enterado.

Despertó a la mañana siguiente con la boca seca y la cabeza espesa.

Tardó un rato en entender dónde estaba. Un camarote. Un ojo de buey. El suelo se movía. ¡Un barco! Le dio un vuelco el corazón, pero enseguida se tranquilizó.

"He subido a tiempo. Estoy en el Carnatic. Vamos a Yokohama."

Se sintió culpable por otra cosa: había bebido de más y ni se acordaba de la noche. Su amo iba a echarle una buena regañina. Se levantó como pudo para ir a buscarlo y disculparse.

Recorrió el barco entero. No los encontró. Fue a preguntar al sobrecargo, el oficial que llevaba la lista de los pasajeros.

—Fogg… Fogg… —el hombre repasó sus papeles—. No. Aquí no hay ningún señor Fogg. Ni ninguna dama.

Picaporte se quedó helado.

—Pero… tienen que estar. Compramos los pasajes. Míre otra vez, por favor.

El sobrecargo miró otra vez. Y negó con la cabeza.

Entonces lo entendió todo de golpe, y fue peor que cualquier tormenta.

El Carnatic había adelantado la salida. Él lo sabía: se había enterado en el muelle. Iba a avisar a su amo… y acabó dormido en la casa de humo, por culpa de Fix.

Así que su amo no supo que el barco salía antes. Su amo se había quedado en tierra, en Hong Kong. Y él viajaba solo hacia Japón como un tonto.

Picaporte se dejó caer sobre un rollo de cuerda y hundió la cara en las manos.

"La apuesta está perdida. He arruinado a mi amo. El hombre más bueno del mundo, y yo lo he hundido."

No lloraba por él. Lloraba por Fogg.

Y de esa pena, muy despacio, nació una rabia con nombre y apellido.

"Fix. Todo esto es cosa de Fix. Como me lo cruce alguna vez… me va a oír."

Apretó los puños. Y decidió que, al menos, seguiría adelante.

El Carnatic llegó a Yokohama. Picaporte bajó a tierra con lo puesto y ni una moneda en el bolsillo.

Japón. Un país nuevo, con letras que no sabía leer y una lengua que no entendía. Y él, con hambre y sin nada.

Caminó horas entre los puestos del mercado. Le olía todo de maravilla y no podía comprar nada. Al final se paró y pensó, que era lo que mejor se le daba cuando se ponía.

"No tengo dinero. Pero tengo esto."

Se miró la ropa. Su buena chaqueta europea, sus pantalones, sus botas. En un país donde nadie vestía así, aquello valía algo.

Encontró un puesto de ropa. Con gestos y paciencia, hizo un trato: dio su traje europeo y se llevó una túnica japonesa, cómoda y ligera, y unas monedas.

Con las monedas comió por fin. Un cuenco caliente le supo a gloria.

Solo una cosa no vendió. Su reloj. El viejo reloj que seguía marcando la hora de Londres, como el primer día. Ese se quedaba con él pasara lo que pasara.

A la mañana siguiente, ya con algo en el estómago, se puso a pensar en lo importante: llegar a América. Allí, quizá, encontraría el rastro de su amo. Pero un pasaje costaba dinero, y dinero no tenía.

Paseando por el puerto, vio un cartel enorme, lleno de dibujos de colores.

No sabía leer las letras, pero los dibujos lo decían claro: acróbatas, malabaristas, payasos. Una compañía de circo. Una troupe, que es una compañía que viaja junta de un sitio a otro.

Y aquella troupe salía… hacia los Estados Unidos.

A Picaporte se le encendió una luz.

"Un circo que va a América. Y yo, de joven, fui acróbata."

Era su única oportunidad. Fue derecho a buscar al director.

El director se llamaba Batulcar. Un americano grande, con voz de trueno, que mandaba en todo como un general.

—¿Contratar a otro? La compañía está completa. Zarpamos mañana. No necesito a nadie.

Picaporte no se rindió. En vez de suplicar, dio un paso atrás… y se puso a hacer lo que sabía.

Una voltereta. Otra. El pino. Un salto limpio y una caída de gato. El cuerpo se acordaba de todo, de cuando se ganaba la vida así.

Batulcar dejó de fruncir el ceño. Aquel francés flaco se movía de verdad.

—Vaya, vaya. Sabes moverte. —Se rascó la barbilla—. Acróbatas ya tengo. Pero un criado que además haga reír al público… eso sí me sirve. Payaso y chico para todo. ¿Te vale?

No era lo que Picaporte había soñado de joven. Pero era un pasaje a América.

—Me vale —dijo.

Y así, el hombre que había dado la vuelta a media Tierra con el caballero más serio de Londres acabó pintándose la cara de payaso en una carpa de Yokohama.

Lo curioso es que no hacía el tonto. Era el más serio y el más capaz de todos, y la gracia estaba justo en eso: ver a un tipo tan formal haciendo cabriolas. El público se reía con él, no de él.

Llegó el día de la gran función. La carpa estaba a rebosar.

El número final era el más difícil: la Pirámide Humana. Los acróbatas se subían unos sobre los hombros de otros, formando una torre de gente. Y arriba del todo hacía falta el más ligero y el de mejor equilibrio. Ese era Picaporte.

Trepó por aquella montaña de hombros y llegó a la cima. Allá arriba, quieto como una estatua, abrió los brazos. La carpa entera aplaudió.

Y entonces, desde lo alto, paseó la mirada por el público. Se quedó de piedra.

Allí, sentado entre la gente, sereno, con su chistera y las manos sobre el bastón, estaba el señor Phileas Fogg. Y a su lado, Aouda.

Su amo. Vivo. Allí. Buscándolo.

—¡AMOOO! —gritó Picaporte desde la punta de la pirámide.

Del susto y de la alegría, se le olvidó que tenía a media compañía debajo. Se movió. Y la torre entera, que se aguantaba por milagro, se vino abajo como un castillo de naipes.

Acróbatas por el suelo, patas arriba, todos revueltos. Un desastre.

Picaporte cayó rodando y, en cuanto pudo ponerse de pie, salió corriendo hacia su amo y se le abrazó llorando.

—¡Señor! ¡Está usted vivo! ¡Creía que lo había arruinado!

Fogg no perdió la calma. Ni con el circo hecho un lío a su alrededor.

—Cálmese, Picaporte. Ya hablaremos. —Se volvió hacia Batulcar, que llegaba furioso por el estropicio, y le pagó los daños sin discutir—. Por las molestias. Buenas tardes.

Y con eso, recuperó a su criado.

No había tiempo que perder. El barco a San Francisco, el General Grant, salía esa misma tarde.

Los tres corrieron al muelle. Picaporte, todavía medio vestido de payaso, no cabía en sí de contento: su amo no estaba arruinado, la apuesta seguía viva y él volvía a estar a su lado.

Aouda le contó de camino que en el mar habían pasado mucho miedo con una gran tormenta, pero que allí estaban, sanos y salvos. Picaporte no preguntó más. Le bastaba con verlos.

Subieron al General Grant justo a tiempo. El barco soltó amarras y puso rumbo a América.

Picaporte, apoyado en la borda, sonreía como un niño.

Hasta que, entre los pasajeros, vio una cara conocida. Un hombre menudo. Con bombín.

La sonrisa se le borró de golpe.

Capítulo 11 de 15

América

Día 63 de 80 · San Francisco

Ilustración del capítulo

El General Grant navegaba ya hacia América cuando Picaporte, apoyado en la borda, vio de nuevo aquella cara.

Un hombre menudo. Con bombín. Fix.

A Picaporte se le subió toda la sangre a la cabeza. Ahí estaba el culpable de todo. El que lo había emborrachado, el que lo había dejado tirado en Hong Kong, el que casi arruina a su amo.

No se lo pensó. Cruzó la cubierta y se le echó encima.

—¡Usted! ¡Canalla!

Lo agarró de la solapa. Fix no se defendió. Ni siquiera lo intentó.

—Espere. Escúcheme —dijo Fix, con voz cansada—. Ya no soy su enemigo.

—¡Ja! ¿Ahora resulta que somos amigos?

—No. Amigos no. Pero escúcheme bien, porque le interesa.

Picaporte, sin soltarlo, escuchó.

—Yo perseguía a su amo para detenerlo —dijo Fix—. Pero ya no puedo hacerlo aquí. Fuera de Inglaterra, mi orden no vale nada. Así que ahora quiero justo lo que quiere usted: que el señor Fogg llegue a Londres cuanto antes. Porque allí, y solo allí, podré arrestarlo.

Picaporte lo miró de reojo. La cosa tenía su lógica retorcida.

—O sea, que ahora usted rema a mi favor.

—A mi favor —corrigió Fix—. Que por una vez es el mismo lado que el suyo.

Picaporte lo soltó, despacio. Le seguía dando asco. No lo perdonaba, ni de lejos. Pero era verdad: mientras a Fix le conviniera que Fogg ganara la apuesta, no volvería a ponerle la zancadilla.

—Tregua —gruñó Picaporte—. Pero no me fío un pelo de usted.

—Ni yo espero que se fíe —dijo Fix.

Y ahí quedó la cosa. Dos hombres que se detestaban, remando por una vez hacia el mismo puerto.

La travesía del Pacífico fue larga. Semanas enteras de mar y más mar.

Picaporte le dio muchas vueltas a una cosa: ¿debía contarle a su amo quién era Fix en realidad?

Al final decidió callar. ¿Para qué preocuparlo? Fogg tenía bastante con su apuesta. Además, mientras Fix jugara a su favor, no hacía daño. Ya se lo contaría todo al final, en Londres.

Así que se guardó el secreto.

Mientras tanto, en cubierta, pasaba algo callado y bonito. Fogg y Aouda charlaban cada tarde, tranquilos, viendo el mar. Él, tan seco para todo, con ella bajaba la guardia. Y ella lo miraba de un modo que Picaporte, que de esas cosas entendía, empezó a reconocer.

No dijo nada. Pero sonreía por dentro.

El 3 de diciembre, el General Grant entró en la bahía de San Francisco.

¡América! Un mundo nuevo. Calles anchas, edificios de madera, gente de todas partes yendo y viniendo con prisa.

Fogg, como siempre, fue directo a lo suyo. Primero, al consulado, a que le sellaran el pasaporte. Después le dio un encargo a Picaporte:

—Compre unas armas. Un par de revólveres. Por si el camino se pone feo.

Picaporte tragó saliva. ¿Armas? Por lo visto, el Oeste americano no era un paseo. Cruzaban un territorio enorme y salvaje, y más valía ir preparado.

Con eso resuelto, los tres echaron a andar hacia el Hotel Internacional.

Y ahí se metieron, sin querer, en un buen lío.

La calle estaba tomada por un mitin. Un mitin es una reunión grande donde la gente apoya a gritos a su político. Y aquel día había dos bandos, cada uno con sus pancartas, gritándose de una acera a otra.

De pronto, los gritos se volvieron empujones. Y los empujones, golpes. En un abrir y cerrar de ojos, la calle entera era una pelea.

Fogg, Aouda y Fix quedaron atrapados en medio del tumulto. La gente los zarandeaba de un lado a otro.

Entonces, un americano enorme, colorado y furioso, que gritaba más que nadie, se abrió paso y levantó el puño contra Fogg.

Fix lo vio venir. Y se puso delante.

El golpe, que iba para Fogg, lo encajó Fix de lleno. Cayó al suelo, aturdido.

Fogg no se alteró lo más mínimo. Se apartó un palmo, midió al hombretón con la mirada y, con un movimiento seco y limpio, le devolvió el golpe. Un solo puñetazo, bien puesto.

El gigante se fue hacia atrás y cayó de espaldas, cuan largo era.

Ni una palabra de más. Ni un gesto de rabia. Fogg se ajustó los puños de la camisa como quien se sacude una mota de polvo.

Aprovechando el hueco, ayudó a Fix a levantarse —a Fix, nada menos— y sacó a los suyos de allí a paso rápido. Dejaron atrás el tumulto y al americano tirado en el suelo, colorado de rabia y de vergüenza, mirándolos irse.

Aquel hombre no iba a olvidar la cara de Phileas Fogg.

Ya a salvo, tomaron aliento. Fix se frotaba la mandíbula, dolorido pero entero.

Picaporte lo miró y no supo qué pensar. El mismo Fix que lo había traicionado acababa de comer un puñetazo por proteger a su amo. El mundo estaba del revés.

No había tiempo para darle vueltas. El tren hacia el Este salía esa misma noche.

Por delante, miles de kilómetros de vías, montañas y llanuras sin fin. El corazón salvaje de América.

Subieron al tren cuando caía la tarde. La gran travesía del continente iba a empezar.

Capítulo 12 de 15

El tren del Oeste

Día 65 de 80 · Grandes Llanuras

Ilustración del capítulo

El tren corría hacia el este por unas llanuras que no se acababan nunca.

Era casi un hotel sobre ruedas. Tenía camas, un vagón para comer, hasta un salón. Picaporte, que ya había cruzado medio mundo en barco y a lomos de elefante, disfrutaba como un niño.

Hasta que el tren frenó en seco en mitad de la nada.

Picaporte asomó la cabeza por la ventanilla. Y no daba crédito.

La vía estaba cortada por un río de animales. Miles de bisontes —esos toros salvajes, enormes y peludos de las llanuras de América— cruzaban las vías de un lado a otro, en una masa parda que llegaba hasta el horizonte.

No había forma de pasar. Ni de meterles prisa. Había que esperar a que terminaran de cruzar.

Pasó una hora. Y otra. Y otra más. Tres horas enteras paradas.

Picaporte se subía por las paredes.

—¡Pero hagan algo! ¡Toquen la bocina! ¡Empújenlos! ¡Nos jugamos la apuesta!

Fogg, en cambio, no movió ni una ceja. Se sentó, sacó sus cartas y se puso a jugar tan tranquilo, como si estuviera en su club de Londres.

—No se puede empujar a diez mil bisontes, Picaporte —dijo sin levantar la vista—. Solo se puede esperar a que pasen.

Cuando el último animal cruzó, el tren arrancó de nuevo. Pero se habían perdido tres horas. Y en un viaje contra el reloj, esas tres horas eran una espina clavada. Tarde o temprano habría que pagarla.

El tren siguió su camino y entró en las tierras de Utah.

Era una región curiosa, de desiertos y montañas. Un pasajero hablador iba en el mismo vagón. Le fue contando a Picaporte cómo unos colonos habían llegado hasta allí años atrás. Con mucho trabajo y tesón, habían levantado pueblos y ciudades enteras en medio de aquel secarral. A Picaporte, que era curioso, la historia le pareció de lo más interesante.

El tren paró en una estación, la de Ogden. Iba a estar allí un buen rato, o eso creyó Picaporte. Así que se bajó a estirar las piernas y a echar un vistazo.

Craso error.

Andaba entretenido mirando escaparates cuando oyó, a su espalda, el silbido del tren.

Se dio la vuelta. ¡El tren se movía! ¡Se iba sin él!

Picaporte salió disparado como una liebre. Corrió por el andén con toda su alma, adelantó al último vagón, se agarró a un pasamanos en marcha y, de un salto, se subió por los pelos.

Cayó dentro, sin aliento, con el corazón en la boca.

Otra vez. Otra vez había estado a punto de quedarse tirado en la otra punta del mundo por distraído. Se juró, por enésima vez, no volver a bajarse de ningún tren.

Ya repuesto del susto, Picaporte se fijó en un pasajero nuevo. Un americano grande, de voz de trueno, que hablaba fuerte y miraba mal. Un coronel, por lo visto. Se llamaba Proctor.

Y de pronto, aquel hombre clavó los ojos en Fogg. Los abrió como platos. Y se puso rojo de rabia.

—¡Usted! —bramó—. ¡Yo a usted lo conozco! ¡Es el de San Francisco! ¡El que me tumbó de un puñetazo en plena calle, delante de todo el mundo!

Era verdad. Era el mismísimo grandullón del mitin, el que Fogg había dejado en el suelo. Y no lo había olvidado. Venía con ganas de revancha.

—Me humilló usted delante de media ciudad —siguió Proctor, echando chispas—. ¡Eso se lava con un duelo! ¡Usted y yo, con pistolas!

Fogg dejó las cartas, muy despacio. No se alteró lo más mínimo.

—Cuando usted quiera y donde usted quiera —dijo, con la misma calma con la que pedía el desayuno.

Iban a batirse allí mismo, en el vagón. Pero entonces se metió por medio alguien inesperado: Fix.

—¡Nada de duelos ahora! —cortó Fix—. El tren no va a parar para que ustedes dos se peguen tiros. Déjenlo para la próxima parada larga.

A Fix no le movía la nobleza, claro. Le movía su cuenta de siempre: si Fogg moría en un duelo, él se quedaba sin poder arrestarlo en Inglaterra. Necesitaba a Fogg vivo y avanzando.

Los dos hombres, a regañadientes, aceptaron esperar. El duelo quedó aplazado. Pero seguía ahí, como una nube negra sobre el vagón.

No hubo que esperar mucho para el siguiente sobresalto.

El tren se detuvo otra vez. Delante, un puente cruzaba un barranco muy profundo. Y el puente estaba medio roto: las maderas cedían, apenas se sostenía.

Cruzarlo despacio era una locura: se vendría abajo con el peso del tren.

El maquinista tuvo entonces una idea de las que quitan el sueño.

—Iremos hacia atrás un buen trecho —dijo—. Y luego cruzaremos a toda máquina, a la mayor velocidad posible. Si vamos muy rápido, pasaremos volando por encima. El puente no tendrá tiempo de hundirse.

Los pasajeros se miraron pálidos. Aquello era jugarse la vida. Pero no había otra manera de seguir.

El tren retrocedió. Paró. Y arrancó.

Fue acelerando, más y más, hasta ir lanzado como una bala. Picaporte cerró los ojos. Fogg miró por la ventanilla, sereno.

El tren llegó al puente y lo cruzó en un instante, casi sin tocarlo, volando de un lado al otro.

Y justo detrás, con un crujido enorme, el puente entero se derrumbó y se hundió en el barranco.

Habían pasado. Por un pelo, otra vez.

Picaporte respiró. Aún estaban vivos, aún en marcha, aún en la apuesta.

Pero en el mismo vagón viajaba el coronel Proctor, con su duelo pendiente. Y por delante, las llanuras seguían sin acabarse.

Capítulo 13 de 15

Los sioux y el trineo de vela

Día 66 de 80 · Fuerte Kearney → Omaha

Ilustración del capítulo

El tren corría hacia el este por una llanura helada y blanca.

Y a bordo seguía pendiente aquel asunto feo: el duelo.

El tren no paraba nunca el tiempo suficiente. Así que Fogg y el coronel Proctor decidieron batirse allí mismo. En el último vagón, con el tren en marcha. Los demás pasajeros se apartaron sin decir palabra.

Los dos hombres se colocaron frente a frente. Sacaron las pistolas.

Y entonces, de fuera, llegó un ruido enorme.

Una banda de jinetes armados venía al galope, pegada al tren. Eran sioux. Querían parar el convoy y saquearlo.

Se agarraron a los estribos, treparon a los vagones y entraron por las ventanillas. En un instante había pelea dentro del tren.

Del duelo no volvió a hablarse. Proctor cayó herido en la refriega y ahí se acabó su historia: nadie le pidió cuentas a nadie, ni entonces ni nunca. La vida se le había cruzado por delante a su orgullo.

Los pasajeros se defendían como podían, pero iban perdiendo terreno.

Y había un problema peor. El tren no frenaba. Delante, a poca distancia, estaba Fuerte Kearney, un puesto del ejército con soldados dentro. Si los vagones lograban detenerse justo allí, se salvaban todos. Pero la locomotora seguía tirando y el tren iba a pasar de largo.

Solo quedaba una manera: soltar los vagones de la locomotora.

El enganche estaba fuera, entre la máquina y el primer vagón, a un palmo de las ruedas. Había que salir del tren en marcha, colgarse ahí abajo y abrirlo a mano.

Nadie podía hacer algo así.

Nadie, salvo un hombre que se había ganado la vida colgado de un trapecio.

Picaporte no lo pensó. Salió por la plataforma, se agarró a los hierros y se dejó caer hacia abajo. Bajo sus pies pasaban las traviesas a toda velocidad, borrosas. Se sujetó con las piernas, buscó la cadena con las dos manos y tiró.

El gancho saltó.

La locomotora se fue sola hacia delante. Y los vagones, sin nada que tirara de ellos, fueron frenando poco a poco. Se quedaron parados justo delante del fuerte.

Las puertas se abrieron y salieron los soldados. Los atacantes dieron media vuelta y se perdieron en la llanura.

Se habían salvado todos.

Todos menos uno. Cuando contaron a los pasajeros, faltaban tres. Y uno de los tres era Picaporte. Se lo habían llevado.

Fogg escuchó la noticia de pie, en el andén, con la nieve hasta los tobillos.

Aouda se llevó las manos a la boca. Fix miró al suelo.

Fogg llevaba sesenta y seis días midiendo cada hora como si fuera oro. Dijo una sola frase:

—Voy a buscarlo.

Aouda lo entendió al momento, y también entendió lo que costaba.

—Señor Fogg… si se va usted ahí fuera, pierde el tren. Pierde la apuesta. Lo pierde todo.

—Ya lo sé —dijo Fogg.

Y no añadió nada más. No explicó, no se justificó, no pidió que nadie lo entendiera.

Pidió voluntarios al capitán del fuerte. Salieron treinta soldados con él. Se metieron en la llanura blanca, detrás de un rastro de huellas.

Se hizo de noche.

Aouda y Fix se quedaron en la estación, esperando.

Fue la espera más larga del viaje. Aouda no se sentó ni una vez. Y Fix —el mismo Fix que había perseguido a Fogg por medio planeta— daba vueltas por el andén tan angustiado como ella. Ya no sabía muy bien de qué lado estaba.

Amaneció, y no volvía nadie.

A media mañana, la locomotora regresó a por sus vagones. Engancharon, silbaron y el tren se puso en marcha. Se fue hacia el este sin ellos, y el siguiente no pasaría hasta la noche del día siguiente.

Fix vio alejarse el último vagón y no dijo nada. La apuesta, a efectos prácticos, estaba perdida.

Y entonces Aouda señaló la llanura.

Lejos, sobre la nieve, venían unas figuras oscuras. Los soldados. Y con ellos, andando por su propio pie, Picaporte y los otros dos cautivos.

Estaban vivos. Los tres.

Picaporte llegó hasta su amo con la cara descompuesta.

—Señor, el tren… el tren se ha ido por mi culpa. Todo esto es culpa mía.

—No —dijo Fogg—. Usted paró el tren y nos salvó a todos. Yo solo fui a buscarle.

Ahí podría haberse acabado la historia.

Estaban en mitad de la nada, en diciembre, sin tren hasta la noche siguiente. Y les quedaba un océano por delante. En Nueva York había un barco a Inglaterra que no iba a esperarlos.

Y la salida la encontró la persona más rara de todas: Fix.

—He visto una cosa detrás de la estación —dijo—. Venga a verla.

Era un trineo de vela. Un trineo grande, montado sobre patines de hierro. Llevaba un mástil y una vela enorme, como los de un barco. Sobre la nieve dura, empujado por el viento, corría como una exhalación.

Su dueño se llamaba Mudge: un hombre curtido, con la cara quemada por el frío y muy pocas ganas de hablar.

Fogg cerró el trato en dos frases.

—¿Puede llevarnos a Omaha?

—Con este viento, sí. Si no se rompe nada.

El viento venía del oeste, justo a favor.

Se envolvieron en todas las mantas del fuerte. A Aouda la sepultaron en pieles hasta los ojos. Mudge soltó la vela, la lona se hinchó de golpe y el trineo salió disparado.

Aquello volaba.

La llanura era una sábana blanca sin un árbol, sin una casa, sin nada. Ni siquiera el río estorbaba. Estaba helado de orilla a orilla, y lo cruzaron por encima como si fuera suelo. Y como todo era llano, podían ir en línea recta, atajando por donde el tren daba rodeo.

El aire cortaba la cara. Nadie hablaba, porque no se oía nada más que el viento.

A media mañana aparecieron los lobos.

Salieron de ninguna parte, flacos y hambrientos, y se pusieron a correr junto al trineo. Picaporte agarró su revólver con los dedos rígidos de frío.

No hizo falta. El viento arreció y la vela tiró más fuerte. Los lobos se fueron quedando atrás, hasta ser puntos negros en la nieve.

Al caer la tarde apareció Omaha.

Bajaron ateridos, con las piernas dormidas y la ropa tiesa. Fogg pagó a Mudge lo prometido y algo más, y Mudge se limitó a asentir, como quien acaba una jornada normal.

En la estación de Omaha había un tren esperando para salir hacia el este.

Subieron.

Estaban otra vez en marcha, otra vez vivos, otra vez los cuatro juntos.

Pero por delante, en Nueva York, había un barco. Y ese barco no iba a esperar a nadie.

Capítulo 14 de 15

El barco que se quemó a sí mismo

Día 71 de 80 · Atlántico

Ilustración del capítulo

Llegaron a Nueva York de noche, y Picaporte fue el primero en bajar del tren.

Corrió hasta el muelle. Preguntó. Y volvió andando muy despacio.

El vapor que iba a Liverpool había zarpado. Hacía cuarenta y cinco minutos.

Cuarenta y cinco minutos.

Fogg sacó su guía de horarios y la fue pasando con el dedo, línea por línea. Había otros barcos, sí. Pero ninguno salía a tiempo. Ninguno servía.

Picaporte se sentó en un noray y se agarró la cabeza.

—Es culpa mía —dijo—. Si no me hubiera bajado en Ogden. Si no me hubieran cogido los sioux. Le he costado el viaje, señor.

Fogg cerró la guía.

No le dijo que no fuera tonto. No le dijo que sí, que era culpa suya. No le dijo absolutamente nada de eso.

—Mañana por la mañana buscaremos otra cosa —dijo—. Ahora vamos a cenar.

Al día siguiente, muy temprano, Fogg recorrió el puerto barco por barco.

Se paró delante de uno de carga que echaba humo, listo para salir. Se llamaba Henrietta. Tenía el casco de hierro y toda la parte de arriba de madera.

Su capitán se llamaba Andrew Speedy. Cincuenta años, pelo rojo, cuello de toro y la cara curtida como el cobre viejo.

—¿Va usted a Liverpool? —preguntó Fogg.

—Voy a Burdeos.

—Le pago lo que me pida por llevarme a Liverpool.

—No.

—Entonces le fleto el barco. Se lo alquilo entero, para mí solo. Ponga usted el precio.

—No.

—Se lo compro.

—No.

Y aquí conviene pararse un momento, porque es la primera vez en todo el viaje que pasa una cosa así.

Fogg llevaba setenta días arreglándolo todo con dinero. Un elefante, un barco de vela, una fianza, un trineo. Sacaba la cartera y el problema se apartaba. Ahora tenía delante a un hombre al que el dinero no le movía.

Y no porque Speedy fuera un santo. Al contrario: era un hombre de negocios, y de los duros. Aquel barco era suyo, aquella ruta era la suya, y no pensaba cambiarla porque un inglés muy educado sacara la cartera en su cubierta.

Fogg lo entendió enseguida.

—Está bien —dijo—. Pasaje para cuatro. Hasta Burdeos.

—Eso sí —dijo Speedy.

Y le puso un precio de escándalo.

A las nueve menos cuarto, Fogg se presentó en el hotel a buscar a los demás. Llegaron al muelle justo cuando soltaban amarras y subieron por los pelos.

Cuando Picaporte se enteró de lo que había costado el pasaje, soltó un grito. Fix se puso a echar cuentas por lo bajo, con cara de dolor, viendo cómo se evaporaba el dinero que él quería recuperar para el banco.

Fue Aouda la que dijo en voz alta lo que ninguno se atrevía.

—Señor Fogg… este barco va a Burdeos. Burdeos está en Francia.

—Lo sé —dijo Fogg.

Y no explicó nada más.

Al segundo día en alta mar, el capitán Speedy se encontró encerrado en su propio camarote.

Fogg había hablado con la tripulación. Les había ofrecido bastante dinero como para que a los marineros les pareciera muy razonable obedecerle a él. El Henrietta viró hacia el norte, rumbo a Liverpool.

Del camarote del capitán salían unos rugidos que se oían en todo el barco.

Digamos las cosas por su nombre: aquello era un motín. Fogg se había apoderado de un barco que no era suyo y había encerrado a su capitán bajo llave. Nunca había llegado tan lejos, ni de cerca.

Fix lo miraba desde un rincón, blanco como el papel. Llevaba media vuelta al mundo persiguiendo a aquel hombre por ladrón de bancos. Y ahora empezaba a pensar que se había quedado corto.

Pero entonces pasó algo con lo que nadie contaba.

Vino mar gruesa, de la que hace crujir un barco entero. Y Fogg se puso al timón.

Lo llevó como si hubiera hecho aquello toda su vida. Daba las órdenes justas, en el momento justo, sin levantar la voz. Los marineros, que de esto sabían, dejaron de mirarlo raro.

Picaporte se agarró a la borda con la boca abierta. Aquel señor tan tieso, el de las cartas y el club de Londres, sabía gobernar un barco en un temporal.

El problema de verdad llegó unos días después.

El maquinista subió a cubierta limpiándose las manos, con muy mala cara.

—Señor, se nos acaba el carbón. No llegamos.

Fogg no parpadeó. Llevaba días esperando esa frase.

—Mantenga el fuego encendido hasta el último trozo —dijo—. Y suban al capitán Speedy.

Sacaron a Speedy de su camarote. Venía echando chispas, con dos días de rabia guardada y ganas de soltarla toda de golpe.

No le dio tiempo.

—Capitán —dijo Fogg—, ¿me vende su barco?

Speedy se quedó con la boca abierta.

—¿Que si le vendo el…?

—Sesenta mil dólares. Ahora mismo.

Y entonces ocurrió algo digno de verse. Toda aquella furia se apagó como se apaga una vela. Speedy parpadeó, hizo su cuenta y estiró la mano.

—El casco y la máquina son míos —dijo—. Lo demás, suyo.

—Lo demás es justo lo que quiero —dijo Fogg.

Y por fin se entendió para qué.

—Desmonten el barco —ordenó—. La cubierta, los mamparos, los camarotes, los mástiles, las vergas, los botes. Todo lo que sea madera. A la caldera.

Los marineros se miraron un segundo. Y luego cogieron las hachas.

Empezaron a arrancar el Henrietta a pedazos y a echarlo por la boca de la caldera. Crujía la madera, saltaban las astillas, y el barco iba adelgazando por horas. Se caía un mamparo y aparecía el mar por donde antes había una pared.

El Henrietta se estaba quemando a sí mismo para poder seguir andando.

Picaporte llevaba brazadas de tablones al fuego sin acabar de creérselo. Su amo había comprado un barco entero para hacerlo leña.

El capitán Speedy miraba desmontarse el que había sido su barco. Y aun así, no parecía enfadado.

—Oiga usted —le dijo a Fogg—. Para ser inglés, tiene usted algo de yanqui.

Al caer la tarde ya no quedaban mástiles.

Quedaban el casco de hierro, la máquina, muy poca madera y unas millas de mar por delante. Y al otro lado, Inglaterra.

Capítulo 15 de 15

El día ganado

Día 80 de 80 · Liverpool → Londres

Ilustración del capítulo

El Henrietta llegó a Inglaterra convertido en un esqueleto.

Le habían quemado los mástiles, la cubierta y hasta los botes. Quedaban el casco de hierro, la máquina y unos cuantos hombres agotados. Pero llegó.

Tocaron tierra en Irlanda. Desde allí siguieron hasta Liverpool.

Y aquella mañana, por fin, Phileas Fogg puso un pie en un muelle inglés.

Sacó su reloj. Le sobraba tiempo. Le sobraba de verdad: aún podía tomar un tren, cruzar media Inglaterra y presentarse en Londres con horas de margen.

Después de ochenta días, iba a ganar.

Entonces notó una mano en el hombro.

—Queda usted detenido en nombre de la reina —dijo Fix.

Picaporte se lanzó a por él. Lo sujetaron entre dos hombres.

Fogg no se movió. No gritó, no protestó, no preguntó nada. Se dejó llevar a la aduana, que es el edificio donde la policía del puerto controla lo que entra y lo que sale. Allí lo encerraron.

Eran las once y cuarenta de la mañana.

Hay que decir una cosa de Fix, porque si no, no se entiende.

Fix no era un canalla. Era un hombre que llevaba semanas metido en un barco, en mitad del Atlántico, sin telégrafo y sin noticias de nadie. Salió de América con una orden de detención en el bolsillo y llegó a Inglaterra con esa misma orden. Lo único que hizo fue cumplirla.

Lo que no sabía es que ya no valía nada.

Dentro de la celda no pasaba nada, y eso era lo peor.

Fogg se sentó. No dio vueltas, no golpeó la puerta, no pidió un abogado. Sacó su cuaderno de viaje y apuntó la hora, como había apuntado cada hora durante ochenta días.

Después se quedó mirando el reloj.

Fuera, sentado en el suelo del pasillo, Picaporte lloraba. Se decía a sí mismo que era culpa suya. Los zapatos de la pagoda. El fumadero. Ogden. Todas las veces que se había equivocado.

Aouda no decía nada. Miraba la puerta.

A las dos y treinta y tres de la tarde, la puerta se abrió de golpe.

Era Fix, sin aliento, blanco como el papel.

—Señor Fogg… perdón… al ladrón lo detuvieron hace tres días. En Londres. Era otro hombre. Usted es libre.

Durante ochenta días, aquel señor no había levantado la voz ni una vez. Ni con la tempestad, ni con los bisontes, ni con el barco perdido, ni cuando le dijeron que su criado estaba en manos de unos jinetes armados.

Fogg dio dos pasos y le pegó un puñetazo.

Fue uno solo. Fix se fue al suelo.

Y eso es lo importante de la escena: no el golpe, sino que fue la única vez en todo el libro que Phileas Fogg perdió la compostura.

Luego se ajustó los puños de la camisa.

—Al tren —dijo.

Pagó un tren especial para él solo y lo hizo correr todo lo que aquella máquina podía correr.

No fue suficiente.

Llegaron a la estación de Londres a las nueve menos diez de la noche.

Cinco minutos tarde.

Cinco minutos, después de ochenta días. Acuérdate de la manada de bisontes que cortó la vía tres horas. De los barcos perdidos por poco. De cada rato que se les fue por el camino. Todo aquello estaba ahora dentro de esos cinco minutos.

Fogg no dijo nada. Se bajó del tren y se fue andando a su casa.

Aquella noche, en el número 7 de Savile Row, Picaporte hizo dos cosas.

La primera fue subirse a una silla y apagar la lámpara de gas de su habitación. Aquella lámpara llevaba encendida desde la noche en que salieron. Ochenta días ardiendo sola en una casa vacía. Al apagarla, el viaje se terminó de verdad.

La segunda fue sentarse en el suelo, delante de la puerta de su amo, y quedarse allí toda la noche.

Porque Picaporte tenía miedo. Su amo lo había perdido todo, estaba solo ahí dentro y llevaba horas sin hacer un solo ruido.

Al día siguiente, por la tarde, Fogg salió por fin de su cuarto y fue a ver a Aouda.

—He venido a pedirle perdón —dijo—. La traje a Inglaterra y estoy arruinado. Ya no puedo ofrecerle nada.

Aouda lo miró un momento.

—¿Y usted? —dijo—. ¿Qué le queda a usted?

—Nada.

—Le queda alguien que quiere estar con usted —dijo ella—. Si me acepta.

Y le pidió que se casara con él.

Aquel hombre que medía la vida en minutos se quedó sin saber qué hacer con las manos. Cuando por fin habló, no le salió una frase ordenada.

—La quiero —dijo—. Hace tiempo que la quiero.

Llamó a Picaporte, que entró con los ojos hinchados de no dormir.

—Vaya a casa del reverendo Samuel Wilson —le dijo—. Que nos case mañana, lunes.

A Picaporte le cambió la cara. Salió disparado.

Y aquí hay que acordarse de una tontería que pasó al principio de todo.

En el barco, camino de Suez, Picaporte sacaba su reloj de plata y lo enseñaba orgulloso a los demás pasajeros. «Marca la hora de Londres, y así se queda», decía. «El sol se equivocará, pero mi reloj, nunca.»

Todos se reían de él. Durante ochenta días, el equivocado fue siempre Picaporte.

El reverendo lo recibió en la puerta.

—Mañana, lunes —dijo Picaporte—. Una boda.

—Mañana es domingo, hijo.

Picaporte abrió la boca para corregirle. Y entonces, de golpe, lo entendió todo.

Habían viajado hacia el este. Siempre hacia el este, sin parar. Y cuando uno va hacia el este, el sol le sale un poquito antes cada mañana. Tan poco que no se nota.

Pero ellos le habían dado la vuelta entera al mundo.

Y todos esos poquitos, sumados, hacían un día completo. Habían visto un amanecer más que Londres.

Su reloj llevaba razón desde el primer día. Solo que nadie estaba mirando el reloj: se habían equivocado de día.

No habían llegado tarde. Habían llegado con un día entero de sobra.

Picaporte miró la hora y se le paró el corazón.

Un día de sobra, sí. Pero de ese día quedaban diez minutos.

Salió corriendo como no había corrido en su vida.

Voló por las calles de Londres, tiró a dos personas al suelo, no se paró a pedir perdón. Entró en la casa de un empujón y llegó hasta su amo sin poder hablar.

—Hoy… —consiguió decir—. Hoy es sábado.

Fogg abrió su cuaderno de viaje. Lo miró un segundo.

Y sin decir una palabra, cogió a Aouda de la mano y salió a la calle.

En el salón del Reform Club, cinco caballeros miraban el reloj de la pared.

Faltaba un minuto. El señor Stuart ya estaba diciendo que aquello se había acabado.

A las nueve menos cuarto en punto, la puerta se abrió.

Phileas Fogg entró en el salón, tranquilo, con la chistera en la mano, como si volviera de dar un paseo.

—Aquí estoy, caballeros —dijo.

Había dado la vuelta al mundo en ochenta días.

Aquella noche echó las cuentas.

Ganó las veinte mil libras de la apuesta. Pero el viaje le había costado diecinueve mil. Le quedaban mil.

Se las repartió entre Picaporte y Fix.

A Fix, que se había pasado medio mundo persiguiéndolo y le había estropeado el viaje entero. Fix cogió su parte sin saber qué decir.

Dos días después se casaron Fogg y Aouda. Picaporte llevó a la novia del brazo, muy serio y muy tieso, y luego lloró en un rincón.

Y a la mañana siguiente entró en el despacho de su amo con la cabeza gacha.

—Señor… me he vuelto a dejar el gas encendido.

Phileas Fogg había dado la vuelta al mundo entero y no había ganado dinero.

Había ganado a Aouda.

Y por ella valía la pena dar la vuelta al mundo.

Dónde vive este libro

Este libro vive en la web, y allí puedes leerlo capítulo a capítulo, escucharlo en voz alta y seguir la ruta en el mapa del viaje.

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