La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

El tren del Oeste

Capítulo 12 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 65 de 80 · Grandes Llanuras

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Ilustración del capítulo

El tren corría hacia el este por unas llanuras que no se acababan nunca.

Era casi un hotel sobre ruedas. Tenía camas, un vagón para comer, hasta un salón. Picaporte, que ya había cruzado medio mundo en barco y a lomos de elefante, disfrutaba como un niño.

Hasta que el tren frenó en seco en mitad de la nada.

Picaporte asomó la cabeza por la ventanilla. Y no daba crédito.

La vía estaba cortada por un río de animales. Miles de bisontes —esos toros salvajes, enormes y peludos de las llanuras de América— cruzaban las vías de un lado a otro, en una masa parda que llegaba hasta el horizonte.

No había forma de pasar. Ni de meterles prisa. Había que esperar a que terminaran de cruzar.

Pasó una hora. Y otra. Y otra más. Tres horas enteras paradas.

Picaporte se subía por las paredes.

—¡Pero hagan algo! ¡Toquen la bocina! ¡Empújenlos! ¡Nos jugamos la apuesta!

Fogg, en cambio, no movió ni una ceja. Se sentó, sacó sus cartas y se puso a jugar tan tranquilo, como si estuviera en su club de Londres.

—No se puede empujar a diez mil bisontes, Picaporte —dijo sin levantar la vista—. Solo se puede esperar a que pasen.

Cuando el último animal cruzó, el tren arrancó de nuevo. Pero se habían perdido tres horas. Y en un viaje contra el reloj, esas tres horas eran una espina clavada. Tarde o temprano habría que pagarla.

El tren siguió su camino y entró en las tierras de Utah.

Era una región curiosa, de desiertos y montañas. Un pasajero hablador iba en el mismo vagón. Le fue contando a Picaporte cómo unos colonos habían llegado hasta allí años atrás. Con mucho trabajo y tesón, habían levantado pueblos y ciudades enteras en medio de aquel secarral. A Picaporte, que era curioso, la historia le pareció de lo más interesante.

El tren paró en una estación, la de Ogden. Iba a estar allí un buen rato, o eso creyó Picaporte. Así que se bajó a estirar las piernas y a echar un vistazo.

Craso error.

Andaba entretenido mirando escaparates cuando oyó, a su espalda, el silbido del tren.

Se dio la vuelta. ¡El tren se movía! ¡Se iba sin él!

Picaporte salió disparado como una liebre. Corrió por el andén con toda su alma, adelantó al último vagón, se agarró a un pasamanos en marcha y, de un salto, se subió por los pelos.

Cayó dentro, sin aliento, con el corazón en la boca.

Otra vez. Otra vez había estado a punto de quedarse tirado en la otra punta del mundo por distraído. Se juró, por enésima vez, no volver a bajarse de ningún tren.

Ya repuesto del susto, Picaporte se fijó en un pasajero nuevo. Un americano grande, de voz de trueno, que hablaba fuerte y miraba mal. Un coronel, por lo visto. Se llamaba Proctor.

Y de pronto, aquel hombre clavó los ojos en Fogg. Los abrió como platos. Y se puso rojo de rabia.

—¡Usted! —bramó—. ¡Yo a usted lo conozco! ¡Es el de San Francisco! ¡El que me tumbó de un puñetazo en plena calle, delante de todo el mundo!

Era verdad. Era el mismísimo grandullón del mitin, el que Fogg había dejado en el suelo. Y no lo había olvidado. Venía con ganas de revancha.

—Me humilló usted delante de media ciudad —siguió Proctor, echando chispas—. ¡Eso se lava con un duelo! ¡Usted y yo, con pistolas!

Fogg dejó las cartas, muy despacio. No se alteró lo más mínimo.

—Cuando usted quiera y donde usted quiera —dijo, con la misma calma con la que pedía el desayuno.

Iban a batirse allí mismo, en el vagón. Pero entonces se metió por medio alguien inesperado: Fix.

—¡Nada de duelos ahora! —cortó Fix—. El tren no va a parar para que ustedes dos se peguen tiros. Déjenlo para la próxima parada larga.

A Fix no le movía la nobleza, claro. Le movía su cuenta de siempre: si Fogg moría en un duelo, él se quedaba sin poder arrestarlo en Inglaterra. Necesitaba a Fogg vivo y avanzando.

Los dos hombres, a regañadientes, aceptaron esperar. El duelo quedó aplazado. Pero seguía ahí, como una nube negra sobre el vagón.

No hubo que esperar mucho para el siguiente sobresalto.

El tren se detuvo otra vez. Delante, un puente cruzaba un barranco muy profundo. Y el puente estaba medio roto: las maderas cedían, apenas se sostenía.

Cruzarlo despacio era una locura: se vendría abajo con el peso del tren.

El maquinista tuvo entonces una idea de las que quitan el sueño.

—Iremos hacia atrás un buen trecho —dijo—. Y luego cruzaremos a toda máquina, a la mayor velocidad posible. Si vamos muy rápido, pasaremos volando por encima. El puente no tendrá tiempo de hundirse.

Los pasajeros se miraron pálidos. Aquello era jugarse la vida. Pero no había otra manera de seguir.

El tren retrocedió. Paró. Y arrancó.

Fue acelerando, más y más, hasta ir lanzado como una bala. Picaporte cerró los ojos. Fogg miró por la ventanilla, sereno.

El tren llegó al puente y lo cruzó en un instante, casi sin tocarlo, volando de un lado al otro.

Y justo detrás, con un crujido enorme, el puente entero se derrumbó y se hundió en el barranco.

Habían pasado. Por un pelo, otra vez.

Picaporte respiró. Aún estaban vivos, aún en marcha, aún en la apuesta.

Pero en el mismo vagón viajaba el coronel Proctor, con su duelo pendiente. Y por delante, las llanuras seguían sin acabarse.

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