La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

América

Capítulo 11 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 63 de 80 · San Francisco

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Ilustración del capítulo

El General Grant navegaba ya hacia América cuando Picaporte, apoyado en la borda, vio de nuevo aquella cara.

Un hombre menudo. Con bombín. Fix.

A Picaporte se le subió toda la sangre a la cabeza. Ahí estaba el culpable de todo. El que lo había emborrachado, el que lo había dejado tirado en Hong Kong, el que casi arruina a su amo.

No se lo pensó. Cruzó la cubierta y se le echó encima.

—¡Usted! ¡Canalla!

Lo agarró de la solapa. Fix no se defendió. Ni siquiera lo intentó.

—Espere. Escúcheme —dijo Fix, con voz cansada—. Ya no soy su enemigo.

—¡Ja! ¿Ahora resulta que somos amigos?

—No. Amigos no. Pero escúcheme bien, porque le interesa.

Picaporte, sin soltarlo, escuchó.

—Yo perseguía a su amo para detenerlo —dijo Fix—. Pero ya no puedo hacerlo aquí. Fuera de Inglaterra, mi orden no vale nada. Así que ahora quiero justo lo que quiere usted: que el señor Fogg llegue a Londres cuanto antes. Porque allí, y solo allí, podré arrestarlo.

Picaporte lo miró de reojo. La cosa tenía su lógica retorcida.

—O sea, que ahora usted rema a mi favor.

—A mi favor —corrigió Fix—. Que por una vez es el mismo lado que el suyo.

Picaporte lo soltó, despacio. Le seguía dando asco. No lo perdonaba, ni de lejos. Pero era verdad: mientras a Fix le conviniera que Fogg ganara la apuesta, no volvería a ponerle la zancadilla.

—Tregua —gruñó Picaporte—. Pero no me fío un pelo de usted.

—Ni yo espero que se fíe —dijo Fix.

Y ahí quedó la cosa. Dos hombres que se detestaban, remando por una vez hacia el mismo puerto.

La travesía del Pacífico fue larga. Semanas enteras de mar y más mar.

Picaporte le dio muchas vueltas a una cosa: ¿debía contarle a su amo quién era Fix en realidad?

Al final decidió callar. ¿Para qué preocuparlo? Fogg tenía bastante con su apuesta. Además, mientras Fix jugara a su favor, no hacía daño. Ya se lo contaría todo al final, en Londres.

Así que se guardó el secreto.

Mientras tanto, en cubierta, pasaba algo callado y bonito. Fogg y Aouda charlaban cada tarde, tranquilos, viendo el mar. Él, tan seco para todo, con ella bajaba la guardia. Y ella lo miraba de un modo que Picaporte, que de esas cosas entendía, empezó a reconocer.

No dijo nada. Pero sonreía por dentro.

El 3 de diciembre, el General Grant entró en la bahía de San Francisco.

¡América! Un mundo nuevo. Calles anchas, edificios de madera, gente de todas partes yendo y viniendo con prisa.

Fogg, como siempre, fue directo a lo suyo. Primero, al consulado, a que le sellaran el pasaporte. Después le dio un encargo a Picaporte:

—Compre unas armas. Un par de revólveres. Por si el camino se pone feo.

Picaporte tragó saliva. ¿Armas? Por lo visto, el Oeste americano no era un paseo. Cruzaban un territorio enorme y salvaje, y más valía ir preparado.

Con eso resuelto, los tres echaron a andar hacia el Hotel Internacional.

Y ahí se metieron, sin querer, en un buen lío.

La calle estaba tomada por un mitin. Un mitin es una reunión grande donde la gente apoya a gritos a su político. Y aquel día había dos bandos, cada uno con sus pancartas, gritándose de una acera a otra.

De pronto, los gritos se volvieron empujones. Y los empujones, golpes. En un abrir y cerrar de ojos, la calle entera era una pelea.

Fogg, Aouda y Fix quedaron atrapados en medio del tumulto. La gente los zarandeaba de un lado a otro.

Entonces, un americano enorme, colorado y furioso, que gritaba más que nadie, se abrió paso y levantó el puño contra Fogg.

Fix lo vio venir. Y se puso delante.

El golpe, que iba para Fogg, lo encajó Fix de lleno. Cayó al suelo, aturdido.

Fogg no se alteró lo más mínimo. Se apartó un palmo, midió al hombretón con la mirada y, con un movimiento seco y limpio, le devolvió el golpe. Un solo puñetazo, bien puesto.

El gigante se fue hacia atrás y cayó de espaldas, cuan largo era.

Ni una palabra de más. Ni un gesto de rabia. Fogg se ajustó los puños de la camisa como quien se sacude una mota de polvo.

Aprovechando el hueco, ayudó a Fix a levantarse —a Fix, nada menos— y sacó a los suyos de allí a paso rápido. Dejaron atrás el tumulto y al americano tirado en el suelo, colorado de rabia y de vergüenza, mirándolos irse.

Aquel hombre no iba a olvidar la cara de Phileas Fogg.

Ya a salvo, tomaron aliento. Fix se frotaba la mandíbula, dolorido pero entero.

Picaporte lo miró y no supo qué pensar. El mismo Fix que lo había traicionado acababa de comer un puñetazo por proteger a su amo. El mundo estaba del revés.

No había tiempo para darle vueltas. El tren hacia el Este salía esa misma noche.

Por delante, miles de kilómetros de vías, montañas y llanuras sin fin. El corazón salvaje de América.

Subieron al tren cuando caía la tarde. La gran travesía del continente iba a empezar.

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