La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

El circo de Yokohama

Capítulo 10 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 44 de 80 · Yokohama

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Ilustración del capítulo

Picaporte no se acordaba de casi nada.

Se acordaba de la casa de humo. De unas ganas enormes de dormir. Y de una idea que le daba vueltas: "Tengo que decirle algo a mi amo. Algo del barco."

Esa idea fue la que lo salvó.

Medio dormido, sin saber muy bien qué hacía, sus piernas lo llevaron solas hasta el puerto. Cruzó la pasarela del Carnatic justo cuando el barco empezaba a moverse. Dio dos pasos por cubierta y se cayó al suelo como un saco.

Unos marineros lo recogieron. Pensaron que era un pasajero borracho y lo bajaron a un camarote de segunda, a que durmiera la mona.

El deber lo había subido al barco. Su cabeza no se había enterado.

Despertó a la mañana siguiente con la boca seca y la cabeza espesa.

Tardó un rato en entender dónde estaba. Un camarote. Un ojo de buey. El suelo se movía. ¡Un barco! Le dio un vuelco el corazón, pero enseguida se tranquilizó.

"He subido a tiempo. Estoy en el Carnatic. Vamos a Yokohama."

Se sintió culpable por otra cosa: había bebido de más y ni se acordaba de la noche. Su amo iba a echarle una buena regañina. Se levantó como pudo para ir a buscarlo y disculparse.

Recorrió el barco entero. No los encontró. Fue a preguntar al sobrecargo, el oficial que llevaba la lista de los pasajeros.

—Fogg… Fogg… —el hombre repasó sus papeles—. No. Aquí no hay ningún señor Fogg. Ni ninguna dama.

Picaporte se quedó helado.

—Pero… tienen que estar. Compramos los pasajes. Míre otra vez, por favor.

El sobrecargo miró otra vez. Y negó con la cabeza.

Entonces lo entendió todo de golpe, y fue peor que cualquier tormenta.

El Carnatic había adelantado la salida. Él lo sabía: se había enterado en el muelle. Iba a avisar a su amo… y acabó dormido en la casa de humo, por culpa de Fix.

Así que su amo no supo que el barco salía antes. Su amo se había quedado en tierra, en Hong Kong. Y él viajaba solo hacia Japón como un tonto.

Picaporte se dejó caer sobre un rollo de cuerda y hundió la cara en las manos.

"La apuesta está perdida. He arruinado a mi amo. El hombre más bueno del mundo, y yo lo he hundido."

No lloraba por él. Lloraba por Fogg.

Y de esa pena, muy despacio, nació una rabia con nombre y apellido.

"Fix. Todo esto es cosa de Fix. Como me lo cruce alguna vez… me va a oír."

Apretó los puños. Y decidió que, al menos, seguiría adelante.

El Carnatic llegó a Yokohama. Picaporte bajó a tierra con lo puesto y ni una moneda en el bolsillo.

Japón. Un país nuevo, con letras que no sabía leer y una lengua que no entendía. Y él, con hambre y sin nada.

Caminó horas entre los puestos del mercado. Le olía todo de maravilla y no podía comprar nada. Al final se paró y pensó, que era lo que mejor se le daba cuando se ponía.

"No tengo dinero. Pero tengo esto."

Se miró la ropa. Su buena chaqueta europea, sus pantalones, sus botas. En un país donde nadie vestía así, aquello valía algo.

Encontró un puesto de ropa. Con gestos y paciencia, hizo un trato: dio su traje europeo y se llevó una túnica japonesa, cómoda y ligera, y unas monedas.

Con las monedas comió por fin. Un cuenco caliente le supo a gloria.

Solo una cosa no vendió. Su reloj. El viejo reloj que seguía marcando la hora de Londres, como el primer día. Ese se quedaba con él pasara lo que pasara.

A la mañana siguiente, ya con algo en el estómago, se puso a pensar en lo importante: llegar a América. Allí, quizá, encontraría el rastro de su amo. Pero un pasaje costaba dinero, y dinero no tenía.

Paseando por el puerto, vio un cartel enorme, lleno de dibujos de colores.

No sabía leer las letras, pero los dibujos lo decían claro: acróbatas, malabaristas, payasos. Una compañía de circo. Una troupe, que es una compañía que viaja junta de un sitio a otro.

Y aquella troupe salía… hacia los Estados Unidos.

A Picaporte se le encendió una luz.

"Un circo que va a América. Y yo, de joven, fui acróbata."

Era su única oportunidad. Fue derecho a buscar al director.

El director se llamaba Batulcar. Un americano grande, con voz de trueno, que mandaba en todo como un general.

—¿Contratar a otro? La compañía está completa. Zarpamos mañana. No necesito a nadie.

Picaporte no se rindió. En vez de suplicar, dio un paso atrás… y se puso a hacer lo que sabía.

Una voltereta. Otra. El pino. Un salto limpio y una caída de gato. El cuerpo se acordaba de todo, de cuando se ganaba la vida así.

Batulcar dejó de fruncir el ceño. Aquel francés flaco se movía de verdad.

—Vaya, vaya. Sabes moverte. —Se rascó la barbilla—. Acróbatas ya tengo. Pero un criado que además haga reír al público… eso sí me sirve. Payaso y chico para todo. ¿Te vale?

No era lo que Picaporte había soñado de joven. Pero era un pasaje a América.

—Me vale —dijo.

Y así, el hombre que había dado la vuelta a media Tierra con el caballero más serio de Londres acabó pintándose la cara de payaso en una carpa de Yokohama.

Lo curioso es que no hacía el tonto. Era el más serio y el más capaz de todos, y la gracia estaba justo en eso: ver a un tipo tan formal haciendo cabriolas. El público se reía con él, no de él.

Llegó el día de la gran función. La carpa estaba a rebosar.

El número final era el más difícil: la Pirámide Humana. Los acróbatas se subían unos sobre los hombros de otros, formando una torre de gente. Y arriba del todo hacía falta el más ligero y el de mejor equilibrio. Ese era Picaporte.

Trepó por aquella montaña de hombros y llegó a la cima. Allá arriba, quieto como una estatua, abrió los brazos. La carpa entera aplaudió.

Y entonces, desde lo alto, paseó la mirada por el público. Se quedó de piedra.

Allí, sentado entre la gente, sereno, con su chistera y las manos sobre el bastón, estaba el señor Phileas Fogg. Y a su lado, Aouda.

Su amo. Vivo. Allí. Buscándolo.

—¡AMOOO! —gritó Picaporte desde la punta de la pirámide.

Del susto y de la alegría, se le olvidó que tenía a media compañía debajo. Se movió. Y la torre entera, que se aguantaba por milagro, se vino abajo como un castillo de naipes.

Acróbatas por el suelo, patas arriba, todos revueltos. Un desastre.

Picaporte cayó rodando y, en cuanto pudo ponerse de pie, salió corriendo hacia su amo y se le abrazó llorando.

—¡Señor! ¡Está usted vivo! ¡Creía que lo había arruinado!

Fogg no perdió la calma. Ni con el circo hecho un lío a su alrededor.

—Cálmese, Picaporte. Ya hablaremos. —Se volvió hacia Batulcar, que llegaba furioso por el estropicio, y le pagó los daños sin discutir—. Por las molestias. Buenas tardes.

Y con eso, recuperó a su criado.

No había tiempo que perder. El barco a San Francisco, el General Grant, salía esa misma tarde.

Los tres corrieron al muelle. Picaporte, todavía medio vestido de payaso, no cabía en sí de contento: su amo no estaba arruinado, la apuesta seguía viva y él volvía a estar a su lado.

Aouda le contó de camino que en el mar habían pasado mucho miedo con una gran tormenta, pero que allí estaban, sanos y salvos. Picaporte no preguntó más. Le bastaba con verlos.

Subieron al General Grant justo a tiempo. El barco soltó amarras y puso rumbo a América.

Picaporte, apoyado en la borda, sonreía como un niño.

Hasta que, entre los pasajeros, vio una cara conocida. Un hombre menudo. Con bombín.

La sonrisa se le borró de golpe.

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