La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

La Tankadere

Capítulo 9 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 37 de 80 · Mar de China

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Ilustración del capítulo

La Tankadere era un barco pequeño.

Veinte toneladas. Un mástil, sus velas y una cubierta que se cruzaba en cuatro pasos. Al lado de los grandes vapores del puerto parecía un juguete de madera.

En ese juguete se metieron Fogg, Aouda y Fix para cruzar el mar de China.

El patrón, John Bunsby, conocía aquellas aguas como quien conoce su calle. Era un hombre curtido, de pocas palabras, con la piel del color de la madera vieja. Llevaba cuatro hombres con él.

Antes de soltar amarras se quedó un buen rato mirando el cielo. No dijo lo que pensaba.

Los marineros trabajaban rápido y de buen humor, y había un motivo: Fogg les había prometido doscientas libras si llegaban a tiempo.

Doscientas libras eran una fortuna para unos marineros. Aquellas velas iban a ir bien tensadas.

Las primeras horas fueron buenas. El barquito cortaba el agua con ganas y dejaba detrás una raya blanca.

Hong Kong se fue quedando pequeño. Aouda lo miraba desde la borda.

—¿Y Picaporte, señor?

—He dejado dinero y sus señas en la policía y en el consulado —dijo Fogg—. Lo buscarán.

No dijo nada más. Pero había hecho aquello con el reloj corriendo en su contra, minutos antes de zarpar.

A la hora de comer pasó una cosa pequeña que valió por todo el viaje.

Se sentaron los tres. Comieron. Y al terminar, Fix sacó su dinero y lo puso sobre la mesa.

—Permítame pagar mi parte.

—No hace falta —dijo Fogg.

—Insisto. Es lo justo.

—Es gasto general —contestó Fogg, sin levantar la voz—. Ya está incluido.

Fix lo intentó otra vez. Habló de lo que costaba un barco así, y la comida, y un pasaje de tantos días.

Fogg lo escuchó con toda su educación, hasta el final. Y cuando el detective se quedó sin argumentos, repitió:

—Gasto general.

Y siguió comiendo tan tranquilo.

Fix se quedó con las monedas en la mano. Buscó una frase para replicar. No la encontró. Porque no hay forma de discutir con una educación tan terca.

Se levantó y se fue a proa, que es la parte de delante del barco. Allí se quedó, de pie, mirando el agua. No habló con nadie en todo el día.

Aouda lo vio marcharse y no entendió nada. Fogg ya estaba anotando algo en su cuaderno.

El mar iba movido. En aquel barco no se mareó nadie.

Nadie salvo Fix. Y lo suyo no venía del mar.

Aquel hombre perseguía a Fogg. Lo había traicionado en Hong Kong. Había dejado a su criado tirado en una casa de humo. Y ahora ese mismo hombre le pagaba la comida y el pasaje sin pedirle nada a cambio, y encima con buenos modos.

Cada bocado le había sabido a vergüenza.

Al caer la noche, el viento cambió.

Primero fue una racha. Luego otra. Y en un rato el mar de China se puso a golpear el barquito en serio.

Bunsby dio dos órdenes cortas. Sus hombres recogieron vela y ataron todo lo que podía moverse. Uno se amarró al timón con un cabo.

Las olas empezaron a pasar por encima de la cubierta. La Tankadere subía, se hundía y crujía por todas partes, como si le doliera. Veinte toneladas de madera contra todo aquello.

Aouda se agarró donde pudo. No gritó ni una sola vez.

Fogg seguía sentado, con el agua hasta los tobillos, tan quieto como en el salón de su club.

Bunsby aguantó cuanto pudo. Hacia las once se acercó a Fogg, chorreando agua.

—Señor, esto se está poniendo muy feo. Deberíamos meternos en un puerto de la costa y esperar a que pase.

Fogg levantó la vista.

—Me parece bien.

Bunsby respiró. Por fin un pasajero con sentido común.

—Entrar en un puerto —repitió Fogg—. Sí. Ese puerto es Shanghái.

—…¿Cómo dice?

—Shanghái —dijo Fogg—. Es el único puerto al que vamos.

Y se quedó tan ancho.

Bunsby lo miró un momento. Luego miró el mar negro. Luego volvió al timón sin decir nada.

No sirve de nada discutir con alguien que no te ha dicho que no. Simplemente te ha dicho otra cosa.

La noche fue muy larga.

Al amanecer el viento aflojó un poco y el cielo se abrió por el este. Los marineros empezaron a respirar. Uno hasta se rió.

Bunsby no. Bunsby miró hacia el sur y se le puso mala cara.

Allá abajo, en la raya del horizonte, el cielo tenía un color que él conocía demasiado bien.

Llamó a sus hombres y lo señaló con el dedo. Se acabaron las risas.

—Viene un tifón —dijo—. Del sur.

Un tifón es la peor tormenta de aquellos mares. No es viento fuerte: es viento que arranca los mástiles y da la vuelta a los barcos. Y ellos iban en veinte toneladas de madera.

Bunsby esperaba miedo. O por lo menos una pregunta.

Fogg miró al sur. Se quedó callado un momento, como quien hace una cuenta.

—Del sur —dijo—. Entonces sopla justo hacia donde vamos.

—Señor, un tifón no es viento a favor.

—Nos empujará —dijo Fogg.

Y fue a sentarse.

Bunsby se quedó solo con su horizonte. Luego se subió el cuello de la chaqueta y empezó a dar órdenes. Si aquel señor quería llegar a Shanghái, se llegaba a Shanghái.

Aouda no apartaba los ojos de aquella raya oscura. En la proa, Fix se agarró con las dos manos a lo primero que encontró.

La mancha del sur seguía creciendo.

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