Fogg mandó a Picaporte al puerto a por los pasajes. Un camarote más, para Aouda.
Picaporte fue silbando. Todo iba bien. El barco salía por la mañana y ellos estarían a bordo, rumbo a Yokohama.
En el muelle preguntó por el Carnatic. Y se llevó una sorpresa.
—¿El Carnatic? Ya tiene la caldera arreglada —le dijeron—. Sale esta noche, no mañana.
¡Esta noche! Picaporte se quedó parado. Había que avisar a su amo. Pero aún era por la tarde; había tiempo de sobra hasta la noche. Ya se lo diría.
Se dio la vuelta para volver al hotel y se dio de narices con un hombre menudo, con bombín.
—¡Señor Fix! —rió Picaporte—. ¡Usted en todas partes! ¿No se cansa nunca de seguirnos?
Fix no reía. Tenía muy mala cara. Aquella era su última noche en tierra inglesa, y su orden de arresto no había llegado. Si Fogg cogía ese barco, se le escapaba para siempre.
—Venga, tomemos algo —dijo Fix, tragándose la rabia—. Le invito.
Picaporte, que no le hacía ascos a una copa, aceptó encantado.
En la taberna, Fix cambió de cara. Se puso serio y bajó la voz.
—Escúcheme bien. Yo no soy quien usted cree. No me manda ningún club. Soy policía. Vengo de Londres.
Picaporte casi se atraganta de risa.
—¿Policía? ¡Ande ya!
—Persigo a su amo. Creo que robó un banco en Londres. Una fortuna. Y tengo que detenerlo aquí, en Hong Kong, porque es el último sitio donde mi orden vale algo.
Picaporte lo escuchaba y pensaba: "Ya está. Aquí viene la jugada sucia."
Para él, todo encajaba al revés. Aquel hombre era un espía del Reform Club, de eso estaba seguro desde el mar de China. Y ahora se inventaba un cuento de policías y bancos para que él, Picaporte, traicionara a su amo. Qué poca vergüenza.
—Ayúdeme —siguió Fix—. Retenga a Fogg dos o tres días. Que pierda el barco. Le pagaré bien. Muy bien.
Y puso un montón de dinero sobre la mesa.
Picaporte se levantó de golpe, rojo de rabia.
—¿Me está comprando? ¿A mí? Mi amo es el hombre más honrado del mundo. Y usted es un canalla. Guárdese su dinero.
Fix decía la verdad por primera vez en todo el viaje. Y era justo ahora cuando Picaporte no le creía ni una palabra.
Fix vio que el soborno no funcionaba. Pero no se rindió. Cambió de plan.
—Está bien, está bien —dijo, guardando el dinero con una sonrisa—. Olvidemos esto. Tómese otra copa, hombre. Sin rencores.
Picaporte, que era de buena pasta, se dejó convencer. Una copa. Y otra. Fix llenaba y llenaba el vaso.
Cuando la taberna ya le daba vueltas, Fix lo sacó a la calle del brazo y lo llevó a otro sitio. Una casa de humo.
Eran unas salas en penumbra, llenas de gente tumbada y muy quieta. Allí daban un humo dulce que hacía dormir. La gente entraba, respiraba aquel humo y se quedaba horas como dormida.
Fix sentó a Picaporte en un rincón y dejó que respirara.
El francés aún se resistió un momento. Se acordó, muy lejos, de que tenía que decirle algo importante a alguien. Algo del barco. Algo de su amo. Quiso levantarse y no pudo. Los ojos se le cerraron solos. Y se durmió.
Fix lo miró un instante, tirado en aquel rincón. Luego se caló el bombín y se marchó.
Ya no quedaba nadie para avisar a Fogg.
Mientras tanto, en el hotel, Fogg no sabía nada de todo esto.
Había pasado la tarde tranquilo. Como el primo de Aouda ya no estaba y ella seguía viaje con ellos, Fogg salió a comprarle lo necesario: ropa, un baúl, cosas para el camino. Lo hizo con calma, sin prisa, como quien tacha renglones de una lista.
Después cenó a gusto y se fue a la cama.
¿Y Picaporte? Bueno, a veces el muchacho se entretenía por ahí. Ya volvería.
Fogg apagó la luz sin preocuparse. El barco salía por la mañana. Había tiempo de sobra.
No lo había. El Carnatic ya se alejaba de Hong Kong en la oscuridad, sin ellos. Y Picaporte dormía en una casa de humo, sin poder avisar a nadie.
Por la mañana, Picaporte no había vuelto.
Fogg no se alarmó. Desayunó, recogió a Aouda y bajó al puerto a embarcar.
Buscó el Carnatic con la mirada. No estaba.
—El Carnatic salió anoche, señor —le dijeron—. En cuanto arregló la caldera.
Anoche. El barco se había ido sin ellos.
A Aouda se le mudó la cara. En eso, un hombre se acercó con gesto de pena. Era Fix.
—¡Qué mala suerte! —dijo, fingiendo—. Yo también me he quedado en tierra. ¿Y ahora qué vamos a hacer?
Fogg no perdió la calma ni un segundo. No preguntó por qué había fallado Picaporte; ya pensaría en él más tarde. Ahora tocaba resolver lo del barco.
Recorrió el puerto preguntando. Ningún vapor grande salía a tiempo. Pero había otra cosa.
Un botecito. Uno de esos botes pequeños y rápidos, con velas, que guían a los barcos grandes por el puerto. Se llamaba la Tankadere. Su patrón, John Bunsby, era un viejo lobo de mar.
—¿Puede llevarnos hasta alcanzar el barco de Yokohama? —preguntó Fogg.
—Puedo intentarlo —dijo Bunsby—. Pero el mar de China es traicionero.
—Le pago lo que me pida.
Trato hecho.
Y entonces Fogg hizo una última cosa antes de subir a bordo.
Fue a la policía y al consulado de Francia, que es la oficina que cuida de los franceses lejos de su país. Dejó una buena cantidad de dinero y las señas de Picaporte: que lo buscaran, que lo cuidaran y que lo mandaran de vuelta a casa cuando apareciera.
No lo abandonaba. Aunque el reloj corriera en su contra, aquel hombre callado no dejaba tirado a su criado.
Fix lo veía todo y no entendía nada. Él le había hecho una faena horrible a aquella gente. Y aquella gente lo trataba con amabilidad y le ofrecía un hueco en el bote, sin sospechar de él. Fix se sintió pequeño. Muy pequeño.
A las tres y diez de la tarde, la Tankadere soltó amarras.
Fogg, Aouda y su "nuevo amigo" Fix se hicieron a la mar en aquella cáscara de nuez.
Fix miraba el muelle sudando. Tenía un miedo: que Picaporte despertara de golpe, llegara corriendo y lo estropeara todo en el último segundo.
Pero el muelle se fue quedando atrás, cada vez más pequeño. Nadie llegó corriendo.
Picaporte seguía dormido en algún rincón de Hong Kong. Solo. Sin saber que su amo acababa de marcharse al otro lado del mundo en un bote diminuto.
Y por delante, negro y enorme, esperaba el mar de China.
