La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

Tormenta hacia Hong Kong

Capítulo 7 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 36 de 80 · Mar de China

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Ilustración del capítulo

El Rangoon salió de Calcuta a mediodía, con Fix escondido entre el pasaje. Seis días después apareció Singapur.

El barco paraba unas horas para cargar carbón. Fogg bajó a tierra. No por gusto: bajó porque Aouda quiso ver la isla, y él la acompañó como quien cumple un trámite.

Singapur no tenía montañas. Parecía un jardín enorme. Palmeras, pimienta, nuez moscada. Monos entre las ramas y, decían, tigres en la espesura. Alquilaron un carruaje y pasearon dos horas. Aouda lo miraba todo con los ojos muy abiertos. Fogg miraba su reloj.

Picaporte volvió del mercado con un regalo. Traía mangos.

—Pruebe, señora. Son de aquí.

Aouda probó uno y sonrió. Picaporte se puso colorado de orgullo.

Detrás de ellos, a cierta distancia, un hombre menudo con bombín fingía mirar escaparates.

Pero Fix no había perdido la mañana.

Antes de seguirlos se había metido en la oficina del telégrafo. Allí escribió un mensaje muy corto para la policía de Hong Kong: que la orden de arresto contra Phileas Fogg estuviera esperándolo en el puerto.

Pagó, salió y se fue a vigilar a su presa.

El mensaje corrió por el cable, bajo el mar, mucho más rápido que cualquier barco. La trampa ya estaba puesta. Ahora Fix solo tenía que llegar.

A las diez de la mañana todos volvieron a bordo. El Rangoon puso rumbo a Hong Kong.

En cubierta, Picaporte llevaba días echando cuentas.

Aquel señor Fix aparecía en todas partes. En Suez. En el vapor del mar Rojo. En Bombay. Y ahora aquí. Siempre con la misma sonrisa amable y las mismas preguntas.

Un día creyó entenderlo todo de golpe.

¡Claro! ¡Fix era un espía del Reform Club! Aquellos señores de Londres se jugaban veinte mil libras. Habían mandado a alguien detrás de Fogg para comprobar que hacía el viaje de verdad. Eso era. No había otra explicación.

A Picaporte le pareció feísimo. Pero decidió callarse: si su amo se enteraba de que sus amigos desconfiaban de él, se ofendería.

Así que se guardó el secreto y se dedicó a pinchar al detective.

—Señor Fix —le decía, guiñando un ojo—, es usted un zorro muy astuto.

Fix se ponía pálido.

—¿Y qué hará usted en Hong Kong? ¿Nos dejará allí? ¿O piensa seguirnos hasta el fin del mundo?

Fix tosía y hablaba del tiempo.

Luego se encerraba en su camarote, hundido. "Lo sabe", pensaba. "Ese francés sabe que soy policía. Me ha descubierto. Estoy perdido."

Y Picaporte, en cubierta, se frotaba las manos: "Ya te tengo calado, espía."

Los dos hablaban del mismo hombre. Ninguno hablaba de lo mismo.

El 3 de noviembre el cielo se puso del color del plomo.

El mar de China no perdona. El viento se levantó, giró y empezó a soplar de frente. Justo de frente. El capitán mandó recoger las velas y el barco siguió a fuerza de máquina, cabeceando como un caballo asustado.

Las olas barrían la cubierta. El Rangoon subía, caía, temblaba. A veces la hélice salía del agua y giraba en el aire con un ruido horrible.

Picaporte estaba furioso con el mar, con el viento y sobre todo con el barco.

—¡Estos vapores ingleses son demasiado prudentes! —protestaba, agarrado a un cabo—. ¡Yo quiero uno americano! ¡Que reviente la caldera si hace falta, pero que corra!

Fogg no protestaba. Fogg jugaba a las cartas.

¿Y Fix? Fix estaba en su litera, verde, mareado como nunca lo había estado nadie. Y feliz.

Porque cada hora de tormenta era una hora de retraso. Y con retraso, Fogg perdería el barco de Yokohama. Y si lo perdía, se quedaría en Hong Kong. Y Hong Kong era tierra inglesa, el último sitio del mundo donde una orden inglesa servía para algo.

Mareado y todo, sonreía.

El 6 de noviembre el viento aflojó. El capitán echó sus cuentas y dio la mala noticia: llegarían con veinte horas de retraso.

Veinte horas. El vapor de Yokohama, el Carnatic, saldría sin ellos.

A la una de la tarde el Rangoon entró en el puerto de Hong Kong.

Aquello era un hormiguero de barcas: juncos de velas pardas, botes de pesca, barquitas cargadas hasta arriba. Antes de atracar subió a bordo el piloto, que es el hombre que guía los barcos por dentro del puerto.

Picaporte tenía una pregunta en la boca y no se atrevía a soltarla. Le daba miedo la respuesta.

Fogg sí preguntó. Con la misma calma con la que pedía el desayuno.

—¿Cuándo sale el Carnatic para Yokohama?

—Mañana por la mañana, señor.

Picaporte se quedó sin aire.

—¿Mañana? ¿No salía ayer?

—Se le rompió una caldera —dijo el piloto—. Han tenido que arreglarla. Sale mañana.

Veinte horas de retraso llevaba el Rangoon. Y el Carnatic, averiado, llevaba más.

Picaporte agarró la mano del piloto con las dos suyas y se la estrujó como si fuera un pariente perdido.

—¡Es usted un hombre magnífico!

El piloto no entendió nada.

—Bien —dijo Fogg. Y lo anotó en su cuaderno.

En un rincón, blanco como el papel, Fix miraba al piloto con ganas de retorcerle el cuello.

Quedaba lo más importante.

Fogg bajó a tierra y fue derecho a la Bolsa, que es la casa donde los comerciantes de una ciudad hacen sus negocios. Allí preguntó por Jeejeeh, el primo rico de Aouda.

Lo conocían de sobra.

—¿Jeejeeh? Hizo una fortuna y se marchó de Asia. Vive en Holanda desde hace dos años.

Fogg volvió al hotel. Aouda lo esperaba de pie.

—Su primo ya no está en Hong Kong, señora. Se ha ido a vivir a Europa.

Aouda no dijo nada. Se le fue el color de la cara.

Aquel primo era todo lo que le quedaba en el mundo. Ahora estaba sola, muy lejos de su tierra, en una ciudad desconocida, sin nadie a quien pedir ayuda.

Fogg no dijo "cuánto lo siento". No dijo "no se preocupe". Se quedó callado un momento, como quien repasa una cuenta.

—Entonces vendrá usted a Europa con nosotros —dijo.

—Señor Fogg, yo no puedo…

—Puede. Nos coge de camino.

Y para él, el asunto quedó resuelto.

Aouda lo miró en silencio. Aquel hombre acababa de decidir el resto de su vida en dos frases, sin levantar la voz, como quien apunta una cifra en una libreta.

—Picaporte —llamó Fogg—, un camarote más en el Carnatic.

Aquella noche Hong Kong se llenó de faroles.

Faltaban unas horas para que el Carnatic zarpara con los tres a bordo. Unas horas para salir de la última tierra inglesa del camino.

Fix lo sabía mejor que nadie. Su telegrama había llegado. Pero la orden de arresto, la de verdad, la de papel y firma, todavía no estaba en Hong Kong.

Le quedaba una noche. Una sola noche para impedir que aquel barco se llevara a Phileas Fogg.

Y a Fix se le estaba ocurriendo algo.

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