La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

El juicio de Calcuta

Capítulo 6 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 24 de 80 · Calcuta

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Ilustración del capítulo

El tren entró en Calcuta al amanecer.

Phileas Fogg llegaba en su día justo. Ni una hora de adelanto. Ni una de retraso. Las doce horas ganadas en la India se habían gastado en salvar a Aouda. La cuenta estaba a cero.

Pero no hacía falta más. El barco para Hong Kong, el Rangoon, salía a mediodía. Quedaban cinco horas. Tiempo de sobra.

—Al puerto —dijo Fogg.

En el andén los esperaba un policía.

—¿El señor Phileas Fogg y su criado?

—Soy yo. Y este es Picaporte.

—Acompáñenme, por favor. Los dos.

Fogg no discutió. Aouda no quiso separarse de ellos. Los llevaron a una sala con rejas en las ventanas y allí los encerraron.

—A las ocho y media verán al juez —dijo el policía. Y cerró la puerta.

Aouda se puso pálida.

—Es por mi culpa —dijo en voz baja—. Me salvaron, y ahora la ley los persigue por eso.

Picaporte pensaba lo mismo. ¡Los habían denunciado los sacerdotes de la hoguera!

El único tranquilo era Fogg.

—A usted no pueden hacerle nada —le dijo a Aouda—. Y nosotros no perderemos ese barco.

Lo dijo como quien dice que mañana saldrá el sol. A los planes de Fogg no les hacía falta parecer posibles. Le bastaba con haberlos decidido.

A las ocho y media los llevaron ante el juez, un señor llamado Obadiah.

La sala estaba llena de gente. Y al fondo, medio escondido entre el público, había un hombre menudo con bombín.

El detective Fix.

Porque todo aquello era cosa suya.

Fix había llegado a Calcuta antes que ellos. Su orden de arresto seguía sin llegar de Londres. Necesitaba ganar tiempo como fuera. Y había encontrado la manera: meter a Fogg en un lío con la justicia. Un buen lío podía retenerlo en Calcuta varios días. Para entonces, la orden ya habría llegado.

—¿Reconocen ustedes los hechos? —preguntó el juez.

Fogg pensó en el rescate de Aouda y no lo dudó:

—Los reconozco.

—Perfecto —dijo el juez—. Que pasen los denunciantes.

Y entraron tres sacerdotes. Picaporte se quedó de piedra. No eran los de la hoguera. ¡Eran los del templo de Bombay!

Un ayudante dejó sobre la mesa del juez un par de zapatos.

—¡Mis zapatos! —gritó Picaporte, sin poder aguantarse.

Allí nadie sabía nada del rescate de Aouda. El asunto era otro, mucho más pequeño y mucho más tonto. Semanas atrás, un turista había entrado calzado en un templo sagrado de Bombay. La ofensa no se había olvidado. Y Fix se había encargado de traer a los tres sacerdotes hasta Calcuta, justo a tiempo para el juicio.

—¿Reconoce el acusado haber entrado con zapatos en la pagoda? —preguntó el juez.

—Lo… lo reconozco —dijo el pobre criado, rojo hasta las orejas.

La sentencia fue rápida. Quince días de cárcel para el criado y trescientas libras de multa. Y para el amo, responsable de su criado, una semana de cárcel.

Al fondo de la sala, Fix se frotó las manos. ¡Una semana! Tiempo de sobra para que llegara su orden de arresto.

Entonces Fogg levantó la mano. Habló con la misma voz con la que pedía el desayuno:

—Ofrezco fianza.

Una fianza es un dinero que se deja como promesa. Si el acusado vuelve cuando lo llaman, lo recupera. Si escapa, lo pierde.

El juez aceptó. Aquellos extranjeros podían fugarse, así que pidió una fianza enorme: miles de libras. Una pequeña fortuna.

—Pagada —dijo Fogg.

Sacó de su bolsa de viaje un fajo de billetes y lo dejó sobre la mesa.

—Pueden irse —dijo el juez.

En su rincón, Fix se quedó helado.

Salieron del juzgado con tres horas por delante.

—¡Ese dinero lo perderemos! —se lamentaba Picaporte—. ¡No vamos a volver a Calcuta en la vida!

—Claro que lo perderemos —dijo Fogg, andando hacia el puerto.

Picaporte echó cuentas y le entraron sudores. Entre la multa y la fianza, aquel paseo por el templo salía carísimo. Sus zapatos viejos eran ya los zapatos más caros del mundo.

A mediodía en punto subieron al Rangoon. Fogg había cumplido su palabra: no perdieron el barco.

Lo que nadie vio fue al último pasajero. Subió deprisa, casi de tapadillo, justo antes de que retiraran la pasarela.

Fix no pensaba soltar a su presa.

El Rangoon puso rumbo al este. Por delante quedaban muchos días de mar.

A bordo, Aouda recuperaba el color día a día. Ya no era la mujer dormida de la hoguera. Preguntaba, sonreía, daba las gracias por todo. Y miraba a Fogg de una manera nueva, entre el agradecimiento y el asombro.

Un día le contó su esperanza. En Hong Kong vivía un primo suyo, Jeejeeh, un comerciante muy rico. Ella le pediría ayuda para empezar una vida nueva.

—¿Y si ya no está allí? —preguntó con miedo—. ¿Y si no quiere ayudarme?

—Todo se arreglará —contestó Fogg—. Matemáticamente.

Matemáticamente. Aouda no supo si reír o llorar. Aquel hombre se había jugado la vida por ella. Y hablaba como una máquina de sumar. Cuanto más cariño le tomaba ella, más educado y más lejano parecía él.

Picaporte se lo explicaba a su manera:

—Mi amo es así, señora. Corazón tiene. Pero lo guarda en la caja fuerte.

Una tarde, en cubierta, Picaporte se dio de bruces con una cara conocida.

—¡Señor Fix! ¡Usted por aquí!

—¡Qué casualidad! —sonrió Fix—. Negocios. Voy a Hong Kong.

Qué casualidad, sí. El mismo hombre, en el mismo barco, por tercera vez. Pero Picaporte seguía sin sospechar nada. Se alegró de corazón de ver a su "amigo".

Fix lo invitó a beber, como siempre. Preguntó mucho, como siempre. Y el bueno de Picaporte se lo contó todo, con pelos y señales: el elefante, el rescate, el juicio, la fianza pagada. Todo.

Fix escuchaba con mucha atención. Él sospechaba que Fogg se había llevado a la dama a la fuerza. Otra acusación que apuntarle. Pero no: la propia Aouda quería ir a Hong Kong, a casa de su primo. Adiós a esa idea.

Le quedaba una carta, y era buena. El barco pararía en Singapur. Y en Singapur había telégrafo: mensajes que corren por un cable y llegan en horas adonde un barco tarda días. Podía avisar a la policía de Hong Kong para que la orden de arresto los estuviera esperando en el puerto.

Hong Kong era tierra inglesa. Era su última oportunidad de atrapar a Fogg con la ley en la mano. Y Fix no pensaba desperdiciarla.

Aquella noche, el Rangoon navegaba tranquilo bajo las estrellas. Ninguno de los viajeros lo sospechaba. Muy pronto, un mensaje invisible correría bajo el mar. Mucho más rápido que ellos.

En Hong Kong, alguien los estaría esperando.

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