Aquella noche, nadie durmió.
El plan de Phileas Fogg era una locura, y todos lo sabían. Iban a colarse en la pagoda. Tenían que rescatar a la joven y huir antes del amanecer. Cuatro hombres contra cientos. Sin armas. En un país desconocido.
Pero Fogg lo había decidido, y Fogg no daba marcha atrás.
El guía escondió a Kiouni entre los árboles. El elefante quedó listo para la huida. Luego los guió hasta cerca de la pagoda de Pillaji.
Lo que vieron les heló la sangre.
Alrededor del templo había una gran hoguera. Y por todas partes, guardias. Guardias en las puertas. Guardias en los muros. Guardias junto al fuego, con sables al cinto. Cientos de personas dormían en el suelo. Esperaban el amanecer.
En una sala del templo estaba la joven, vigilada día y noche. Le habían dado algo para dormir. No podía huir sola. Ni siquiera se enteraba de lo que iba a pasarle.
—Es imposible —susurró Sir Francis—. No hay por dónde entrar.
El guía miró la parte de atrás del templo. Allí el muro era viejo, de ladrillo y madera, y daba a un rincón oscuro. No había nadie vigilando.
—Por ahí —dijo—. Podemos abrir un boquete.
Aquel hombre no pensaba abandonar a la joven. Era de su mismo pueblo.
Se pusieron a ello en silencio, en plena noche. Rascaron el ladrillo. Arañaron la madera con sus navajas. Trabajaron a oscuras, sin levantar la cabeza.
Pero el muro era duro y las navajas, pequeñas. Iban demasiado despacio.
De pronto oyeron voces al otro lado. Unos guardias se acercaban. Tuvieron que soltarlo todo y esconderse entre las sombras.
El boquete se quedó a medias.
—Se acabó —dijo el guía—. Hay que irse ahora.
—Quedarse es morir —añadió Sir Francis—. Nos matarán a todos.
Fogg no se movió.
—Todavía queda tiempo —dijo—. Esperaremos.
Y esperaron. Escondidos entre los árboles, sin hablar, viendo cómo el cielo empezaba a aclarar.
Sir Francis lo miraba de reojo, con miedo. Aquel hombre tranquilo estaba tramando algo. ¿Pensaba lanzarse él solo contra cientos de personas? Eso no era valor. Eso era morir para nada.
Entonces se dieron cuenta de una cosa terrible. Faltaba Picaporte.
—¿Dónde se ha metido? —preguntó Fogg, por primera vez inquieto.
Nadie lo sabía. Había desaparecido en mitad de la noche.
Sonaron los tambores. La gente se despertó y echó a andar hacia la hoguera.
Fogg, Sir Francis y el guía se metieron entre la multitud. Caminaron con la cabeza baja, en las últimas filas, sin llamar la atención. Así llegaron hasta cincuenta pasos del fuego.
Sacaron a la joven de la pagoda. La llevaron en brazos, todavía dormida, hasta la gran hoguera. A su lado, tumbaron el cuerpo del príncipe muerto, su marido.
Un sacerdote acercó una antorcha. La leña estaba empapada en aceite y prendió de golpe. El humo subió, espeso y blanco, y lo tapó todo durante un momento.
Y Fogg perdió la calma por primera vez en su vida.
Se lanzó hacia delante. Iba a meterse en el fuego él solo. Sir Francis y el guía tuvieron que sujetarlo con todas sus fuerzas.
Entonces pasó algo que nadie podía creer.
De entre el humo, el muerto se levantó.
El príncipe muerto se puso de pie. Se levantó despacio, con la joven en brazos. La multitud lanzó un grito de espanto. Todos se echaron al suelo, muertos de miedo. ¡El muerto había vuelto a la vida!
Pero no era el muerto.
Era Picaporte.
Se había arrastrado hasta la hoguera en plena noche. Se había tumbado junto al príncipe y se había puesto sus ropas. Trepar sin ruido y aguantar quieto era lo suyo: no en vano había sido acróbata de circo. Y ahora salía del humo con la joven en brazos, aprovechando el susto de todos.
—¡Corran! —gritó—. ¡Corran!
Fogg y Sir Francis reaccionaron al instante. El guía silbó a Kiouni. Y todos echaron a correr hacia el bosque.
Detrás, la multitud tardó unos segundos en entender el engaño. Cuando lo entendieron, empezaron los gritos de rabia. Pero ya era tarde.
Kiouni los estaba esperando. Subieron como pudieron, con la joven dormida entre ellos, y el elefante se lanzó a toda prisa entre los árboles.
Sonaron disparos a lo lejos. Ninguno los alcanzó.
Cuando por fin pararon, el peligro había quedado atrás. Lo habían conseguido.
Fogg miró a Picaporte, cubierto de ceniza y temblando.
—Bien hecho —dijo solamente.
Para Phileas Fogg, aquello era casi un abrazo.
A media mañana llegaron a Allahabad. Allí volvía a empezar el ferrocarril. Y allí tenían que despedirse de Kiouni.
La joven seguía sin despertar. La acostaron a la sombra, con cuidado.
Fogg se acercó al guía para pagarle lo prometido. Pero en vez de dinero le ofreció algo mejor:
—Quédese con Kiouni —le dijo—. Se lo ha ganado.
El guía se quedó sin habla. Aquel elefante valía una fortuna.
Picaporte se despidió a su manera. Se acercó al animal y le fue dando terrones de azúcar, uno detrás de otro, hasta que se le acabaron. Kiouni movió las orejas y le tocó el hombro con la trompa.
—Adiós, amigo —dijo Picaporte, con un nudo en la garganta.
El tren salió de Allahabad y bajó toda la noche por el valle del Ganges. Al otro lado de la ventana pasaban ríos anchos, templos y ciudades antiguas.
Fogg no miró ni una sola vez.
La joven despertó dentro del vagón, entre desconocidos y con ropa que no era la suya. Se asustó. No sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí.
Fue Sir Francis quien se lo contó todo. Le explicó que aquel señor callado del asiento de enfrente lo había arriesgado todo por ella. Y que el criado se había hecho pasar por un muerto para sacarla del fuego.
Fogg no dijo nada. Picaporte se puso rojo y miró al suelo.
—Yo no hice nada —murmuró—. Solo me quedé quieto.
Ella se llamaba Aouda. Era del mismo pueblo antiguo que el guía. De pequeña había estudiado en escuelas inglesas y hablaba muy bien. Se había quedado sin padres. La casaron a la fuerza con aquel viejo príncipe. Al morir él, quisieron acabar también con ella.
Ahora estaba libre. Pero no podía quedarse en la India: allí la buscarían.
—Entonces viene con nosotros —dijo Fogg, como si fuera lo más normal del mundo.
Y así, Aouda se unió al viaje.
Antes de llegar a Calcuta, Sir Francis se bajó del tren. Volvía con sus soldados.
—Buena suerte, señor Fogg —dijo—. Y gracias por lo que ha hecho.
Fogg le dio la mano. Luego sacó su cuaderno y echó cuentas.
Habían ganado doce horas cruzando la India a lomos de Kiouni. Y se las habían gastado enteras en salvar a Aouda. Ni una de sobra. Llegaban a Calcuta justos, pegados al reloj.
A Fogg no pareció importarle lo más mínimo.
Lo que no sabía era que en Calcuta le esperaba alguien con muy malas noticias. El error de Picaporte en el templo de Bombay no se había olvidado. Y estaba a punto de pasarles factura.
Pero eso sería al día siguiente.
