El tren cruzaba la India de noche. Picaporte iba despierto, con los pies descalzos y el ánimo por los suelos. Ya no pensaba en quedarse en Bombay. Aquella idea se le había caído de la cabeza de golpe.
Su amo iba en serio. Iban a dar la vuelta al mundo de verdad.
Y él, que antes se reía de la apuesta, ahora miraba el reloj de la estación con miedo. Cada minuto perdido era dinero. Cada retraso, una amenaza.
En el mismo vagón viajaba un militar inglés. Se llamaba Sir Francis Cromarty. Era alto, seco y muy educado. Había vivido muchos años en la India y la conocía bien. Fogg y él habían jugado a las cartas en el barco, y seguían jugando ahora, en silencio, mientras el tren se metía en la selva.
Sir Francis miraba a Fogg y no entendía nada. Aquel hombre cruzaba países enteros sin mirar por la ventana. ¿Le importaba algo el mundo? ¿O solo el reloj?
A las ocho de la mañana, el tren se paró.
Se paró en medio de un bosque, junto a una aldea pequeña. Se llamaba Kholby. Los viajeros bajaron a mirar. No había estación. No había nada.
Delante de la locomotora, la vía se acababa.
—Señores, aquí termina el ferrocarril —dijo el revisor—. La vía no está terminada. Faltan ochenta kilómetros hasta Allahabad. Allí empieza otra vez.
Picaporte se quedó helado. ¡Pero si los periódicos decían que la línea estaba acabada!
—Los periódicos se equivocaron —dijo Sir Francis, tranquilo—. Pasa a menudo.
Y entonces ocurrió algo curioso. Los viajeros de la India no se sorprendieron nada. Ellos ya lo sabían. Por eso bajaron corriendo y, en un momento, alquilaron todos los carros y todos los animales de la aldea.
Cuando Fogg y sus amigos llegaron al pueblo, no quedaba nada. Ni un carro. Ni un caballo. Ni una mula.
—Estamos perdidos —dijo Picaporte—. ¡Se acabó el viaje!
Phileas Fogg ni se inmutó.
—Iremos a pie —dijo.
Sir Francis se lo quedó mirando con la boca abierta.
Pero antes de andar, Picaporte fue a mirar por las casas. Y volvió corriendo.
—¡Señor! ¡He encontrado un medio de transporte!
—¿Cuál?
—Un elefante. Aquí al lado. Vive con un indio, en un cobertizo.
Fueron a verlo. Era un elefante enorme, de piel gris y ojos pequeños. Se llamaba Kiouni. Su dueño lo alquilaba para trabajos de fuerza. Y no quería venderlo de ninguna manera.
Fogg le ofreció dinero por unas horas. El hombre dijo que no.
Fogg subió la oferta. Que no.
Fogg volvió a subirla. Que no.
Entonces Fogg dijo que se lo compraba. Y empezó a subir el precio.
Picaporte iba escuchando las cifras y se ponía cada vez más pálido. Aquello era una fortuna. Una barbaridad. ¡El elefante costaba más que una casa!
Al final, Fogg sacó su bolsa de viaje y contó los billetes allí mismo, delante de todos, con la misma calma con la que se paga el pan.
A Picaporte casi le da algo.
Pero el trato estaba hecho. Kiouni era suyo.
Faltaba una cosa más: alguien que supiera guiarlo.
Apareció un joven parsi, de una comunidad muy antigua de la India. Se ofreció a llevarlos y a montar en el cuello del animal. Sabía el camino y sabía hablarle a Kiouni. Fogg aceptó.
Le pusieron al elefante dos asientos con techo, uno a cada lado. Compraron comida. Y a las nueve de la mañana, el grupo salió de la aldea.
Fogg iba en un asiento. Sir Francis, en el otro. Picaporte se sentó a horcajadas en el lomo, en medio de los dos.
Empezaba el viaje más raro de su vida.
El bosque era espeso y verde. No había caminos. El guía metía a Kiouni entre los árboles, buscando atajos, para ganar tiempo.
El elefante andaba deprisa, pero se movía como un barco en la tormenta. Los dos señores iban dando tumbos en sus asientos. Y Picaporte, arriba, botaba como una pelota.
—¡Ay! ¡Ay! —decía a cada paso—. ¡Esto no es un animal, es un terremoto!
Pero Picaporte tenía maña con todo el mundo. Empezó a darle terrones de azúcar a Kiouni. El elefante estiraba la trompa, los cogía y seguía andando, contento.
Poco a poco, se hicieron amigos.
A las cuatro de la tarde, Kiouni se paró en seco.
Levantó la trompa. Movió las orejas. Algo había oído.
—Silencio —dijo el guía en voz baja—. Escondámonos.
Metió al elefante entre los matorrales y todos se agacharon. Entonces lo oyeron: una música rara, muy lejana. Tambores. Voces. Cantos.
El sonido se fue acercando por el camino.
Y apareció la comitiva.
Iban cientos de personas. Delante, unos hombres santos con túnicas largas. Detrás, un grupo llevaba en hombros el cuerpo de un hombre muerto: un príncipe de aquella tierra.
Y en medio de todos, caminaba una mujer joven.
Era muy hermosa y muy pálida. Llevaba joyas de oro y ropa de fiesta. Pero no miraba a ningún sitio. Andaba como dormida, con los ojos abiertos y vacíos. Le habían dado algo para que no se enterara de nada.
Detrás de ella, unos guardias con sables no la perdían de vista.
Picaporte, escondido, se acordó de los tres sacerdotes de Bombay y se le puso la piel de gallina. Pero esto era otra cosa. Esto era mucho peor.
—Guía —susurró Sir Francis—, ¿adónde la llevan?
—A la pagoda de Pillaji. A dos millas de aquí.
—¿Y qué van a hacer con ella?
El guía tardó en contestar.
—Mañana, al amanecer, van a incinerarla viva. Junto al cuerpo de su marido.
Picaporte apretó los puños. Sintió una rabia que le subía por dentro, tan fuerte que tuvo que morderse los labios para no gritar.
—¿Y ella quiere? —preguntó.
—No —dijo el guía—. Ella no quiere.
La comitiva pasó de largo. Los cantos se apagaron. El bosque se quedó otra vez en silencio.
El guía se levantó, aliviado.
—Ya podemos seguir. Con suerte, llegaremos a Allahabad a tiempo.
Todos volvieron a los asientos. Todos menos uno.
Phileas Fogg no se había movido. Estaba de pie, muy quieto, mirando el camino por donde se habían ido. Luego sacó su cuaderno de viaje y miró las cuentas, como hacía siempre.
Sumó. Restó. Cerró el cuaderno.
—Sir Francis —dijo—. Llevamos doce horas de adelanto.
—Sí, señor Fogg. Doce horas ganadas.
—Bien —dijo Phileas Fogg—. Vamos a gastarlas en salvar a esa mujer.
Y por primera vez desde Londres, nadie supo qué contestar.
