El Mongolia dejó atrás el mar Rojo y entró en el océano Índico. El viaje era tranquilo. El mar estaba en calma. El cielo, despejado. Nada hacía pensar en peligros.
A bordo, cada uno vivía aquel viaje a su manera.
Phileas Fogg no miraba el mar ni una sola vez. No subía a ver la costa. No preguntaba por los puertos. Se pasaba las horas en el salón, jugando a las cartas con otros pasajeros. Para él, el viaje no era un paseo. Era una cuenta de días y de horas. Nada más.
Picaporte, en cambio, lo miraba todo. No paraba quieto. Iba de un lado a otro de la cubierta. Miraba saltar los peces. Saludaba a los marineros. Notaba el aire caliente del mar. Estaba feliz.
Y llevaba una idea fija en la cabeza. Una idea que le daba mucha calma.
—Cuando lleguemos a Bombay —pensaba—, todo esto se habrá acabado. Mi amo se cansará de tanto ir y venir. Nos quedaremos allí una temporada y luego, a casa.
Picaporte no se creía de verdad lo de la vuelta al mundo. Le parecía una idea loca. Algo que se le pasaría a su amo en cuanto pisaran tierra.
Un día, paseando por la cubierta, se encontró con una cara conocida.
Era Fix.
El detective había subido al mismo barco en Suez. Pero no dijo nada de su verdadero oficio. Dijo que era un comerciante. Un hombre que iba a la India por negocios.
—¡Qué casualidad encontrarlo otra vez! —dijo Fix, muy amable—. Parece que llevamos el mismo camino.
Desde aquel día, Fix se pegó a Picaporte como una sombra. Lo invitaba a beber. Lo escuchaba con ganas. Se reía de sus bromas. Picaporte, que era muy hablador y no sospechaba nada, estaba encantado. ¡Por fin tenía un amigo a bordo!
Pero aquella amistad era una trampa. Con cada charla, Fix le tiraba de la lengua. Quería saberlo todo sobre su amo. Y el pobre criado, sin darse cuenta, se lo iba contando todo.
Por fin, una mañana, apareció a lo lejos la costa de la India. El Mongolia entró despacio en el puerto de Bombay.
Y traía una buena noticia. El barco había llegado dos días antes de lo previsto. Phileas Fogg lo anotó en su cuaderno, tranquilo, como quien apunta la lista de la compra. Dos días ganados. Ni una sonrisa.
Fix, en cambio, bajó a tierra con prisa. Esperaba encontrar allí un papel muy valioso: una orden para detener a Fogg. La había pedido por telégrafo desde Suez. Pero la orden no había llegado. Fix se quedó con las manos vacías y con la rabia por dentro.
Fogg no perdió el tiempo. El tren para Calcuta salía aquella misma noche, a las ocho. Selló su pasaporte, como en cada escala, y se fue a esperar a la estación. Allí pidió la cena y se sentó a comer con toda calma.
A Picaporte le dio permiso para pasear un rato. Y Picaporte no se lo pensó dos veces.
Bombay le pareció una ciudad de cuento. Las calles estaban llenas de color, de gente y de ruido. Había mercados enormes. Había animales por todas partes. Picaporte iba con la boca abierta, mirándolo todo.
De pronto, vio un templo precioso. Era una pagoda, un templo de aquella tierra. Tenía las puertas abiertas. Y Picaporte, curioso como era, entró a mirar.
No sabía que estaba cometiendo un error muy grave.
Aquel templo tenía una regla sagrada: nadie podía entrar con los zapatos puestos. Antes de pisar el suelo, había que quitárselos. Para las personas que rezaban allí, entrar calzado era una gran falta de respeto.
Pero Picaporte no sabía nada de todo aquello. Entró con sus zapatos puestos, tan tranquilo.
No llegó muy lejos.
Tres sacerdotes se lanzaron sobre él. Estaban furiosos. Lo tiraron al suelo. Le arrancaron los zapatos. Le gritaban cosas que él no entendía.
El pobre criado se llevó un susto tremendo. Pero Picaporte había sido acróbata en un circo y sabía defenderse. Se levantó de un salto. Repartió golpes a un lado y a otro. Derribó a dos de los sacerdotes. Y, en medio del lío, salió corriendo.
Corrió y corrió, descalzo, hasta perderse entre la multitud.
Llegó a la estación sin aliento, justo a tiempo. El tren estaba a punto de salir.
Se dejó caer en el asiento, al lado de su amo. Le faltaban los zapatos. También había perdido un paquete con sus camisas, durante la huida. Iba despeinado y muerto de miedo.
—Señor —dijo entre jadeos—, no se imagina lo que me ha pasado.
Y se lo contó todo: el templo, los sacerdotes, la pelea, la carrera descalzo.
Phileas Fogg lo escuchó sin mover un músculo.
—Espero que no vuelva a ocurrir —dijo solamente. Y siguió mirando por la ventanilla.
El tren se puso en marcha. Dejó atrás Bombay y se metió en la noche, rumbo al corazón de la India.
Picaporte pensó que su error se quedaba allí, en aquel templo. Creía que ya nadie volvería a hablar de unos zapatos perdidos.
Se equivocaba.
En algún lugar de la ciudad, los tres sacerdotes no pensaban olvidar la ofensa. Y había otra persona muy interesada en aquel pequeño escándalo. Un hombre menudo, con bombín, que acababa de quedarse sin su orden de arresto. Fix no había podido detener a Fogg. Pero, de repente, aquel lío en el templo le pareció una idea nueva. Una idea que quizá le sirviera más adelante.
El viaje seguía. Y el peligro, una vez más, viajaba dentro del propio grupo.
