La vuelta al mundo en 80 días · Edición Esencial

Un detective en Suez

Capítulo 2 de 15 · Lectura tranquila

El mapa del viaje

Día 8 de 80 · Suez

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Ilustración del capítulo

Al día siguiente de la partida, la apuesta de Phileas Fogg salió en los periódicos. Y en pocas horas dejó de ser un secreto del Reform Club para ser la noticia de la que hablaba media Europa.

—¿La vuelta al mundo en ochenta días? —decía la gente—. ¡Ese hombre está loco!

Unos apostaban a favor de Fogg. Otros, los más, apostaban en contra. En los cafés, en los trenes y en las calles, todos daban su opinión. Los periódicos publicaron incluso el camino que iba a seguir, día por día: Suez, Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yokohama, América. Eran nombres lejanos. La mayoría no sabía ni colocarlos en el mapa.

Pero había un lugar donde aquella noticia no hizo reír a nadie.

Unas semanas antes, habían robado una fortuna en el Banco de Inglaterra. Y no era un ladrón normal. Los testigos hablaban de un caballero. Elegante, de buenos modales, con aire de hombre rico.

La policía mandó su retrato a todos los puertos. En cada uno había un agente. Todos con la misma idea. Tarde o temprano, el ladrón huiría por mar.

Nadie en Londres pensaba aún en Phileas Fogg. Pero, sin saberlo, aquel caballero tan puntual había dejado la ciudad. Con mucha prisa. Con un bolso lleno de dinero. Rumbo al otro lado del mundo.

A muchos kilómetros de Londres, en el puerto de Suez, un hombre paseaba impaciente por el muelle.

Se llamaba Fix. Era detective, es decir, un policía que trabaja siguiendo pistas en secreto. Lo habían enviado hasta allí con una sola misión: vigilar a los viajeros ingleses que pasaran por el puerto. Suez era paso obligado para casi todos los barcos que iban a Oriente. Si el ladrón huía hacia aquella parte del mundo, tenía que pasar por delante de sus ojos.

Fix llevaba en el bolsillo un papel muy valioso: el retrato del ladrón que buscaba la policía. Lo miraba una y otra vez, deseando encontrar por fin la cara que encajara con él.

Junto a él, a la sombra, esperaba el cónsul, el representante de Inglaterra en aquel puerto.

—Tenga paciencia —le dijo el cónsul—. Si su ladrón es un hombre listo, lo último que hará es venir a que le sellen los papeles.

—Los buenos ladrones —respondió Fix— hacen justo lo que uno menos espera. Yo lo reconoceré en cuanto lo vea.

En ese momento, un enorme vapor entró despacio en el puerto, echando humo por su chimenea. Era el Mongolia, que traía viajeros desde Italia. Fix se acercó a la pasarela con el corazón acelerado.

De entre la multitud que bajaba a tierra salió un joven de aspecto simpático. Lo miraba todo con la boca abierta. Era Picaporte. Había bajado a estirar las piernas mientras su amo se ocupaba de los papeles.

Fix, que no perdía detalle, se le acercó como quien no quiere la cosa.

—Buenos días, amigo. ¿Ese vapor viene de Europa?

—Sí, señor —contestó Picaporte, encantado de charlar con alguien—. ¡Y menudo viaje llevamos! Vamos con tanta prisa que no me da tiempo ni a mirar las ciudades.

—¿Prisa? ¿Y adónde van con tanta prisa?

—A dar la vuelta al mundo entero, ¡en ochenta días! Mi amo hizo una apuesta. Llevamos un bolso lleno de billetes para pagarlo todo por el camino.

A Fix le brillaron los ojos. Un caballero elegante. Con muchísima prisa. Con un bolso lleno de dinero. Y huyendo hacia el otro lado del mundo. Para él, ya no había ninguna duda: aquel Fogg era el ladrón.

—Y dígame —siguió, con voz de amigo—, ¿su amo va a bajar a tierra?

—No hace falta. Me ha dado el pasaporte para que me lo sellen. Él se queda descansando a bordo.

Fix necesitaba ver la cara de aquel viajero para compararla con su retrato. Si Fogg no bajaba del barco, no podría hacerlo. Así que le tendió una pequeña trampa.

—Ah, eso no puede ser —dijo, muy serio—. El sello solo vale si lo pide el dueño en persona. Su amo tendrá que venir él mismo.

Era mentira. Pero Picaporte no sabía nada de esas cosas. Le dio las gracias y corrió a avisar a su amo. Fix, muy orgulloso de su astucia, se fue derecho al consulado. Quería estar allí cuando llegara Fogg.

Phileas Fogg entró en la oficina tan tranquilo como si estuviera en su club. Puso su pasaporte sobre la mesa y pidió el sello del puerto. Quería una prueba de cada lugar por el que pasaba. Así podría demostrar su viaje al volver a Londres.

El cónsul miró el documento. Estaba todo en regla.

—No hace falta que se lo selle —le dijo—. Con su pasaporte basta.

—Prefiero que lo haga —respondió Fogg—. Así quedará constancia de que he estado aquí.

Detrás de la puerta, Fix escuchaba con rabia. Le pidió al cónsul en voz baja que retuviera a aquel hombre, que no lo dejara marchar.

—¿Y con qué motivo? —contestó el cónsul—. Sus papeles están perfectos. No ha hecho nada malo. No puedo detener a un viajero solo porque a usted no le guste su cara.

Fogg guardó su pasaporte, dio las gracias con una leve inclinación y volvió al barco. Ni siquiera se había fijado en el hombrecillo nervioso que lo espiaba desde un rincón.

Fix se quedó solo, apretando los puños. Si no podían detenerlo allí, tendría que seguirlo. Corrió a la oficina de telégrafos y mandó un mensaje urgente a Londres. Pedía una orden para detener a Fogg. Esa orden debía esperarlo en el próximo gran puerto: Bombay.

Después compró un billete para el Mongolia.

A la hora exacta, el vapor soltó amarras y salió de Suez rumbo a Bombay, cruzando el mar Rojo bajo un sol de fuego.

En la cubierta, Phileas Fogg anotaba sus horas y sus gastos, tan sereno como siempre. Picaporte, feliz, contaba las maravillas del viaje a todo el que quisiera oírlo.

Y, muy orgulloso, enseñaba su reloj a los demás pasajeros.

—Marca la hora de Londres —decía—, y así se queda. El sol se equivocará, pero mi reloj, nunca.

A la gente le hacía gracia. Pero él hablaba muy en serio: aquel reloj no iba a moverse ni un minuto en toda la vuelta al mundo.

Y a pocos pasos de ellos, apoyado en la barandilla, un hombre menudo con bombín no les quitaba el ojo de encima.

Phileas Fogg creía que sus únicos enemigos eran el mal tiempo, los trenes lentos y los barcos que se retrasan. No sabía que, desde aquel día, viajaba con uno mucho peor a bordo. Era un policía convencido de estar dándole caza a un ladrón.

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